viernes, 3 de junio de 2016

JEANNIE MILLER de Mempo GIARDINELLI

A veces pienso que Resistencia también es un pueblo feo, chato, gris y sucio. Como Formosa, digamos, aunque un poco más pretencioso. Pienso eso cuando siento la rabia que me produce acordarme de la historia de Jeannie Miller.
Fue hace exactamente diecisiete años. Ella tenía, entonces, diecisiete años, y estuvo once meses con nosotros, de febrero a enero. Llegó becada por un programa de intercambio de jóvenes, y en abril se enamoró del Pelusa Andreotti, que era uno de los chicos ricos de la ciudad, el mayor de los varones de una familia de pioneros de la inmigración. Un muchacho bello, de cuerpo atléticamente trabajado y ojos celestes, muy claros, del color de esa porción de cielo que se ve, a las seis de la tarde, sobre el horizonte verde de la selva y debajo de una oscura tormenta de verano.
Jeannie era una chica negra y llegó contenta a esta tierra donde todos se jactaron siempre de no ser racistas. Y eso pareció cierto cuando el Pelusa la empezó a presentar como su novia, y los viejos y los amigos del viejo, en el Club Social y en el Golf, la aceptaron porque después de todo era algo exótico ese asunto, y encima era una muchacha lindísima, de formas casi perfectas, una sonrisa de dientes que parecían copitos de algodón y una alegría que iluminaba cualquier sitio en que estuviese. Y además, era sabido, se quedaría poco tiempo en Resistencia.
A mí no me gustaba cómo la trataban los Andreotti, y alguna vez lo hablé con ella. Nos habíamos hecho muy compinches desde el día mismo de su arribo, porque yo era uno de los pocos chicos que hablaba un inglés medianamente bueno. Y aunque el mío era de Cultural Inglesa, y ella hablaba el del Mid West, de hecho le serví de traductor durante las primeras semanas, mientras ella practicaba su delicioso español.
Ella se entregó a la amistad de los chicos del Nacional, y todos la queríamos porque era una flor de mina: compañera, divertida, derecha. La pasó rebien en Resistencia, y fue feliz, y fue mi amiga. A mí ella me encantaba, la verdad, y debo admitir que quizá me enamoré pero nunca se lo dije porque nos habíamos hecho muy amigos y en aquella época yo pensaba que el amor podía ser una traición a la amistad. Pero fundamentalmente creo que no se lo dije porque yo era un chico muy tímido e inseguro. Por supuesto, cuando ella empezó a salir con Pelusa a mí se me revolvieron las tripas.
Se enamoró como se enamoran los adolescentes: de modo definitivo y con una entrega absoluta, porque para los adolescentes —hoy lo sé— todo es definitivo y absoluto y aún no saben, ni quieren saber, que es la vida la que se encarga, después, de enseñar matices, requiebros e hipocresías. Digamos que se enamoró con una inocencia como la de esas violetitas que crecen sin que la gente de la casa se dé cuenta. Y aunque no me gustaban ni el Pelusa ni los Andreotti, cuando Jeannie me pidió que no los juzgara mal, puesto que ella era feliz con ellos, también tuve que admitir que debían ser mis prejuicios porque pertenecían a esa despreciable clase de los nuevos ricos, llenos de ínfulas y mala memoria.
Al cabo de ese año Jeannie volvió a su tierra, que para nosotros era la inconcebible otra parte del mundo: Idaho, Wisconsin, o alguno de esos estados que nos resultaban improbables. En los últimos tiempos nos habíamos visto mucho menos: ella ya hablaba muy bien el castellano, andaba todo el día con el Pelusa y otros amigos, le hicieron un par de despedidas a las que yo no quise ir y bueno, creo que por despecho yo había empezado a noviar con otra chica, la verdad es que no me acuerdo. Supongo que estaba celoso. Antes de irse me llamó y nos pasamos toda una tarde andando en bicicleta y charlando. Fuimos al río y recordamos sus primeros días entre nosotros, nos prometimos escribirnos, y nos juramos que pasara lo que pasase nunca íbamos a dejar de ser amigos y yo alguna vez iba a ir a visitarla en su pueblo. En algún momento estuve a punto de decirle que la amaba, que estaba loco por ella, pero no me animé. Esa cosa terrible de los tímidos que hace que uno sepa que si no dice lo que siente en el momento en que debe decirlo se va a arrepentir toda la vida, pero igual no lo dice. Yo creo que ella se dio cuenta, porque en cierto momento me miró de un modo diferente, más intenso. O fueron ideas mías, nomás. La mirada de los negros, cuando está cargada de afecto, tiene muchísimos siglos de ternura. Y yo era chico, cómo no me iba a confundir.
El caso es que Jeannie se fue de Resistencia dejando una parva de amigos, recuerdos que todos creíamos imborrables y para siempre, y un corazón vacío que era el mío. También se llevó un montón de regalos. Entre ellos una cadenita de oro con una medallita de la Virgen de Itatí, que mi mamá compró para que yo se la regalara, y una estatuilla de algarrobo —un hachero de cabeza filosa— que el Pelusa le obsequió mintiéndole que era una artesanía típica de los indios tobas.
En el aeropuerto le pidió públicamente, además, que regresara para casarse, y ella le prometió que volvería al cabo de unos meses.
Pero al día siguiente de su partida, nomás, ya el Pelusa le contaba a todo el mundo cómo se la había montado a la negrita, y las tetas que tenía, y tras cada risotada apostaba a que la negra volvería porque estaba loca por él. Y una tarde en la playa, ese mismo verano, le escuché prometer que se la pasaría a sus amigos para que todos supieran lo calientes que son las de esa raza.
No recuerdo nada especial que haya ocurrido aquel invierno, salvo que en nuestro último año de secundaria salimos subcampeones nacionales con el equipo de basquetbol colegial.
Para la primavera, yo ya había decidido estudiar abogacía en Corrientes, y el mismo martes que fui a iniciar mis trámites de inscripción, en cuanto bajé del vaporcito en Barranqueras me enteré de que Jeannie había regresado al Chaco.
Esa misma noche la vi, y estaba deslumbrante, enamorada, encendida como los trigos nuevos. Nos dimos un beso y le dije que estaba preciosa. Había vuelto para reiterarle al Pelusa que lo amaba, pero también trayendo una noticia que equivocadamente pensó que debía ser maravillosa: estaba gestando un hijo.
Inesperadamente para ella, se encontró con la hostilidad del hijo de don Carlo Andreotti, quien se encargó de que todo Resistencia supiera que la repudiaba a ella y a esa mierda de hijo negro que quién podía saber de qué padre sería y que resultaría el hazmerreír de la ciudad.
Por más esfuerzos que hicimos algunos amigos, Jeannie no soportó el desprecio y no duró ni dos días en Resistencia. El jueves por la mañana tomó un avión para Buenos Aires, y el viernes otro hacia Miami.
Dos semanas después supimos —cuando nos avisaron que se interrumpía el servicio de intercambio de jóvenes— que se había matado reventándose la panza con la estatuilla de algarrobo.
Yo me ligué dos días de cana y un proceso por lesiones graves por la paliza que le propiné al Pelusa.
Después me fui a estudiar a Corrientes.
Pelusa se casó al año siguiente con una chica de Buenos Aires, una rubia de ojos azules tan inteligente como una corvina.
Debieron pasar diecisiete años hasta que pude visitar el cementerio donde yace Jeannie Miller. Queda en las afueras de South Bend, Indiana.
En su tumba deposité un ramo de rosas, y allí decidí que Resistencia es también un pueblo feo, chato, gris y sucio.

© 1999, Mempo Giardinelli. CUENTOS COMPLETOS. SEIX BARRAL

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