miércoles, 20 de marzo de 2019

ORFANDAD de Inés ARREDONDO

Creí que todo era este sueño: sobre una cama dura, cubierta por una blanquísima sábana, estaba yo, pequeña, una niña con los brazos cortados arriba de los codos y las piernas cercenadas por encima de las rodillas, vestida con un pequeño batoncillo que descubría los cuatro muñones.
La pieza donde estaba era a ojos vistas un consultorio pobre, con vitrinas anticuadas. Yo sabía que estábamos a la orilla de una carretera de Estados Unidos por donde todo el mundo, tarde o temprano, tenía que pasar. Y digo estábamos porque junto a la cama, de perfil, había un médico joven, alegre, perfectamente rasurado y limpió. Esperaba.

Entraron los parientes de mi madre: altos, hermosos, que llenaron el cuarto de sol y de bullicio. El médico les explicó:
—Sí, es ella. Sus padres tuvieron un accidente no lejos de aquí y ambos murieron, pero a ella pude salvarla. Por eso puse el anuncio, para que se detuvieran ustedes.
Una mujer muy blanca, que me recordaba vivamente a mi madre, me acarició las mejillas.
—¡Qué bonita es!
—¡Mira qué ojos!
—¡Y este pelo rubio y rizado!
Mi corazón palpitó con alegría. Había llegado el momento de los parecidos, y en medio de aquella fiesta de alabanzas no hubo ni una sola mención a mis mutilaciones. Había llegado la hora de la aceptación: yo era parte de ellos.
Pero por alguna razón misteriosa, en medio de sus risas y su parloteo, fueron saliendo alegremente y no volvieron la cabeza.
Luego vinieron los parientes de mi padre. Cerré los ojos. El doctor repitió lo que dijo a los primeros parientes.
—¿Para qué salvó eso?
—Es francamente inhumano.
—No, un fenómeno siempre tiene algo de sorprendente y hasta cierto punto chistoso.
Alguien fuerte, bajo de estatura, me asió por los sobacos y me zarandeó.
—Verá usted que se puede hacer algo más con ella.
Y me colocó sobre una especie de riel suspendido entre dos soportes.
—Uno, dos, uno, dos.
Iba adelantando por turno los troncos de mis piernas en aquel apoyo de equilibrista, sosteniéndome por el cuello del camisón como a una muñeca grotesca. Yo apretaba los ojos.
Todos rieron.
—¡Claro que se puede hacer algo más con ella!
—¡Resulta divertido!
Y entre carcajadas soeces salieron sin que yo los hubiera mirado.

Cuando abrí los ojos, desperté.
Un silencio de muerte reinaba en la habitación oscura y fría. No había ni médico ni consultorio ni carretera. Estaba aquí. ¿Por qué soñé en Estados Unidos? Estoy en el cuarto interior de un edificio. Nadie pasaba ni pasaría nunca. Quizá nadie pasó antes tampoco.
Los cuatro muñones y yo, tendidos en una cama sucia de excremento.
Mi rostro horrible, totalmente distinto al del sueño: las facciones son informes. Lo sé. No puedo tener una cara porque nunca ninguno me reconoció ni lo hará jamás.

jueves, 28 de febrero de 2019

POLÉMICA SOBRE TRUFAS de Álvaro CUNQUEIRO

No sé quién les llamó a las trufas «los diamantes grises de la cocina», pero la frase la repiten en el Périgord y en el Piamonte, que son las dos tierras europeas verdaderamente truferas. La ensalada de trufas parece ser que fue inventada en Monferrato, acaso en los días de Beatriz Le Bel Cavalier, una joven esposa que gustaba de vestirse de hombre y tenía armadura propia, y la enamoró un trovador, Raimbaut de Vaqueiras, cuando «amor lo feric primerament». El marido era cazador, y andaba distraído por los montes, corriendo el ciervo por las riberas del Stura y del Tanaro, y poniendo redes de Vercelli para las perdices. Un día cualquiera se encontró con un anónimo en el verde sombrero, que le contaba de los secretos amores y se marchó cruzado, llevándose con él a Raimbaut al que hizo conde y marqués de Salónica. El de Monferrato, que se hizo a sí mismo príncipe griego, andaba triste, añorando su Beatriz y la ensalada de trufas de mayo, que es tan depurativa. No sé si le echaría o no una punta de estragón a la ensalada, que hay esta escuela. 

Pero lo que se discutió, y ésta es la polémica de las trufas a que me refiero, fue si la trufa rechazaba o no el rayo. Un dominico, fray Giacomo Varallo —que fue notable botánico y lo cita Mieli—, sostuvo hacia 1750 que los árboles junto a cuyas raíces nacían trufas no eran nunca víctimas del rayo, y que no había noticia de rayo en casa en la que hubiera cosecha de trufas —conservadas, como se sabe, en arena, entonces en grandes ollas de barro sin vidriar. Aquel tío avaro que tenía Cavour, se acercaba a la olla que guardaba las trufas de la Langa, metía la larga nariz en la arena, aspiraba el delicado perfume y casi se desmayaba de placer; después se pasaba del bolsillo derecho de la casaca una moneda de plata al bolsillo izquierdo, se frotaba las manos y decía en voz alta:
—¡Un caballero tiene que darse algún gusto, aunque cueste algo!

Ya en su tiempo algunos caballeros de la Ilustración en el Piemonte discutieron la opinión del fraile y aseguraron que las trufas no podían nada contra la fúlgura, y que había que atenerse a la ciencia, representada por los pararrayos del señor Franklin y las experiencias con imanes de monsieur des Cozes. Pero el dominico no descansó, y llamándoles ateos a los ilustrados, los emplazó a que le citasen un solo árbol con trufas al pie que hubiese sido partido por un rayo. Es curioso que, por aquella misma época, era muy discutida en Inglaterra la opinión del pastor Brusher, quien sostenía, respecto a los hebreos, lo mismo que fray Giacomo Varallo de las trufas: los judíos —por lo menos los del Antiguo Testamento— rechazaban el rayo, probándolo con que en las Sagradas Escrituras no se habla de ningún israelita que hubiese muerto de chispa…

Fray Giacomo Varallo dio nuevos métodos en la escuela de Broddi, en la que llaman «universitá di cani da tartufo», universidad de los perros de las trufas, donde enseñan a los perros laulau —canes de poca alzada, parecidos a los foxterrier— a buscar la trufa madura bajo tierra. Logran en Broddi verdaderas maravillas, catadores del delicado perfume de la trufa madura bajo un palmo de tierra. La busca de trufas con puerco es cosa rústica. Lo propio de gentilhombre campesino es salir al bosque, a las trufas, con un laulau labrador. Y si está uno en ello, sin miedo al rayo.

viernes, 22 de febrero de 2019

RETRATO de Antonio MACHADO

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla

y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—;
mas recibí la flecha que me asignó Cupido
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje
y esté a partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

domingo, 10 de febrero de 2019

POR SUPERSTICIÓN de Boris PASTERNAK

Una caja de fósforos pintada;
así es mi buhardilla;
¿vagar, si no, por los hostales hasta
la morgue y la ceniza?

Y aquí estoy, otra vez, igual que entonces;
pura superstición:
el marrón del tapiz, como de roble;
la puerta, con su voz.

Yo me aferraba al pomo con las manos;
tú escapabas, ligera;
acaricio el mechón el rizo airado;
y el labio, las violetas.

¡Oh seductora, porque antes fue así,
como una nevadilla,
otra vez tu vestido al mes de abril
le canta «buenos días»!

No, no eres una vestal: sólo entraste
con una silla, como
si sacaras mi vida de un estante
para soplarle el polvo.
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