jueves, 1 de agosto de 2019

EL VIOLINISTA de Herman MELVILLE


¡Así que mi poema es nefasto, y la fama inmortal no es para mí! Voy a ser un don nadie por siempre jamás. ¡Intolerable destino!

Cogí mi sombrero, arrojé al suelo la crítica y salí a toda prisa a Broadway, donde multitudes entusiasmadas se agolpaban camino de un circo recién inaugurado en una calle lateral cercana y famoso por un estupendo payaso.
De pronto, se me acercó muy alborotado mi viejo amigo Standard.

—¡Qué suerte encontrarte, Helmstone, muchacho! ¡Ah!, ¿qué te pasa? ¿No habrás cometido un asesinato? ¿Estás huyendo de la justicia? ¡Tienes un aspecto terrible!
—Así que la has visto, ¿no? —dije yo, refiriéndome, por supuesto, a la crítica.
—Ah, sí; estuve en la función matinal. Un gran payaso, te lo aseguro. Pero ahí viene Hautboy. Hautboy…, Helmstone.
Sin tiempo ni ganas de ofenderme por un error tan humillante, me tranquilicé en el acto al contemplar el rostro de aquel nuevo conocido, presentado de un modo tan poco ceremonioso. Era bajo y rechoncho, y tenía un aire juvenil y animado. Su tez ruralmente rubicunda; su mirada sincera, alegre y gris. Tan solo su pelo revelaba que no era un niño crecido. Por su pelo, le eché unos cuarenta o más.
—Vamos, Standard —le gritó alegremente a mi amigo—, ¿no vienes al circo?
Dicen que el payaso es inimitable. Vamos, señor Helmstone, vénganse los dos; y después del circo nos tomaremos un buen estofado y un ponche en Taylor’s.
El contento genuino, el buen humor y la expresión sincera de aquel nuevo conocido tan singular me afectaron como por arte de magia. Me pareció que aceptar la invitación de un corazón tan inequívocamente amable y honrado era un acto de mera lealtad a la naturaleza humana.

Durante la función circense me fijé más en Hautboy que en el famoso payaso.
Para mí el espectáculo era Hautboy. Un disfrute tan genuino como el suyo me conmovió hasta el alma con una intuición de la esencia de eso que llamamos felicidad. Parecía saborear bajo la lengua las bromas del payaso como magnum bonums maduras. Recurría, ora a la mano, ora al pie, para dar pruebas de su agradecido aplauso. Ante cualquier agudeza que se saliera de lo corriente se volvía hacia Standard y hacia mí para ver si compartíamos su raro placer. En un hombre de cuarenta años, vi a un muchacho de doce; y todo sin que mi respeto por él disminuyera lo más mínimo. Como todo en él era tan sincero y natural, y todas sus expresiones y actitudes resultaban tan graciosas debido a su genuina afabilidad, la maravillosa frescura de Hautboy adoptaba una especie de aire divino e inmortal, como el de algún dios griego eternamente joven.
Pero, por mucho que contemplase a Hautboy, y por mucho que admirase su actitud, no acababa de quitarme de encima aquel humor desesperado con el que había salido de casa y que seguía irritándome con retornos momentáneos. Pero me recobraba de aquellas recaídas y miraba rápidamente por todo el amplio anfiteatro de rostros ávidamente interesados y dispuestos a aplaudir cualquier cosa. ¡Oíd!, aplausos, pataleos, gritos ensordecedores; todo el público parecía sumido en una aclamación frenética; y ¿qué ha provocado todo esto?, meditaba yo. Y el payaso esbozaba cómicamente una de sus enormes sonrisas.
Entonces recité para mis adentros aquel sublime pasaje de mi poema en el que Cleotemes el argivo defiende la justicia de la guerra. Sí, sí, me dije, si ahora saltase a la pista y recitase ese mismo pasaje, no, si les leyera todo el poema trágico, ¿aplaudirían al poeta como aplauden al payaso? ¡No! Me abuchearían, y me tildarían de loco o de extravagante. ¿Y eso qué demuestra? ¿Tu fatuidad o su insensibilidad?
Quizá ambas cosas; pero sin duda la primera. Pero ¿a qué quejarse? ¿Buscas la admiración de los admiradores de un bufón? Recuerda al ateniense que, cuando vio aplaudir y vociferar al pueblo en el foro, le preguntó a su amigo con un susurro qué estupidez había dicho.

De nuevo, mi mirada recorrió el circo, y recayó en la rubicundez radiante del rostro de Hautboy. Pero su clara y franca jovialidad desdeñó mi desdén. Mi orgullo intolerante fue rechazado. Y, sin embargo, Hautboy ni siquiera imaginaba qué mágico reproche albergaba su risueña expresión para un alma como la mía. En el preciso instante en que sentí el dardo de la censura, sus ojos brillaron, sus manos se agitaron y su voz se elevó con jubiloso deleite ante otro chiste del inagotable payaso.
Al acabar el circo, fuimos a Taylor’s. Nos sentamos, entre mucha más gente, a una de las mesitas de mármol para dar cuenta de nuestros estofados y nuestros ponches. Hautboy se sentó frente a mí. Aunque había contenido su anterior hilaridad, su rostro seguía brillando de júbilo. Y, además, se le había añadido una cualidad que antes no era tan evidente: cierta expresión serena de un sentido común profundo y sosegado. En él, el buen sentido y el buen humor se daban la mano. A medida que se desarrolló la conversación entre el enérgico Standard y él —pues poco o nada dije yo —, me fue impresionando más y más el buen juicio que demostraba tener. En la mayoría de sus observaciones a propósito de temas muy diversos, Hautboy parecía acertar de manera intuitiva en la línea precisa entre el entusiasmo y la apatía. Estaba claro que, aunque Hautboy veía el mundo tal como era, teóricamente no se casaba ni con su lado más amable ni con el más siniestro. Rechazaba todas las soluciones, pero admitía los hechos. No impugnaba superficialmente la parte más triste del mundo, ni despreciaba cínicamente su parte más alegre, y disfrutaba agradecido de todo lo que le resultaba más grato. Era evidente —o al menos eso me pareció en aquel momento— que su extraordinaria alegría no era el producto de una deficiencia intelectual o sentimental.
Recordó de pronto que tenía una cita, cogió su sombrero, se inclinó agradablemente y se marchó.

—Y bien, Helmstone —dijo Standard, tamborileando los dedos de manera inaudible sobre el mármol—, ¿qué opinas de tu nuevo conocido?
Las dos últimas palabras resonaron con un significado nuevo y peculiar.
—Nuevo conocido, vaya que sí —repetí yo—. Standard, debo darte mil gracias por haberme presentado a uno de los hombres más singulares que he visto jamás. Haría falta la amplitud de miras de un hombre así para creer en la posibilidad de su existencia.
—Entonces es que te ha caído bien —dijo Standard con irónica sequedad.
—Le aprecio y le admiro enormemente, Standard. Ojalá fuera yo Hautboy.
—¿Ah? Eso es una pena. No hay más que un Hautboy en el mundo.
Esta última observación volvió a sumirme en mis pensamientos, y de algún modo revivió mi sombrío estado de ánimo.
—Imagino que su maravillosa jovialidad —me burlé yo con melancolía— se debe no solo a su feliz fortuna sino a su temperamento feliz. Su buen juicio es evidente; pero el buen juicio puede darse sin ir acompañado de dones sublimes. No, supongo que, en ciertos casos, el buen juicio se debe precisamente a la ausencia de estos: mucho más, la jovialidad. Al carecer de genio, es como si Hautboy estuviera bendito para siempre.
—¿Ah? Entonces ¿no le considerarías un genio extraordinario?
—¿Un genio? ¡Qué! ¡Ese hombrecillo gordito un genio! El genio, como Casio, es delgado.
—¿Ah? Pero ¿no se te ocurre que Hautboy pudiera haber tenido genio antes y que hubiese engordado tras tener la suerte de desembarazarse de él?
—Que un genio se libre de su genio es tan imposible como que un enfermo de tisis galopante se libre de ella.
—¿Ah? Hablas de manera muy categórica.
—Sí, Standard —grité yo cada vez más melancólico—, tu alegre Hautboy, después de todo, no es ningún modelo, ninguna lección para ti o para mí. Sus dotes son mediocres, sus opiniones claras, por limitadas; sus pasiones dóciles, porque son débiles; y su temperamento jovial, porque nació así. ¿Cómo iba a ser tu Hautboy un ejemplo razonable para un tipo cerebral como tú, o un soñador ambicioso como yo? Nada le tienta a ir más allá de los límites establecidos; no tiene que controlarse en nada. Su propia naturaleza le pone a salvo de cualquier daño moral. Si le picara la ambición; si hubiera oído por una vez los aplausos, o hubiese tenido que soportar el rechazo, tu Hautboy sería un hombre muy diferente. Tranquilo y satisfecho de la cuna a la tumba, obviamente se confunde con la multitud.
—¿Ah?
—¿Por qué dices «ah» de esa manera tan rara cada vez que hablo?
—¿Has oído hablar alguna vez del Maestro Betty?
—¿El gran prodigio inglés que, hace mucho tiempo, desbancó a Siddons y a los Kemble de Drury Lane y volvió loca de admiración a toda la ciudad?
—El mismo —dijo Standard, mientras volvía a tamborilear de manera inaudible sobre el mármol.

Le miré perplejo. Parecía guardar celosamente la clave de nuestra conversación, y haber sacado a relucir a su Maestro Betty solo para desconcertarme aún más.
—¿Qué puede tener que ver el Maestro Betty, el gran genio y prodigio, un inglesito de doce años de edad, con el pobre y ramplón Hautboy, un americano de cuarenta?
—Oh, nada en absoluto. Ni siquiera creo que se vieran nunca. Además, el Maestro Betty debe de llevar mucho tiempo muerto y enterrado.
—Entonces ¿por qué cruzar el océano y saquear su tumba para arrastrar sus restos mortales hasta esta discusión?
—Por despiste, supongo. Te pido perdón humildemente. Sigue con tus observaciones acerca de Hautboy. Crees que nunca tuvo genio alguno y que es demasiado satisfecho, gordo y feliz para eso, ¿no? No te parece un modelo para la humanidad, ¿eh? ¿Crees que no puede extraerse ninguna lección valiosa sobre el mérito desatendido, el genio ignorado, o la presunción impotente rechazada?, cosas que, en el fondo, vienen a ser lo mismo. Admiras su jovialidad, aunque desprecias la vulgaridad de su alma. ¡Pobre Hautboy, qué triste que tu propia alegría te traiga el desprecio de rebote!
—No he dicho que le desprecie; eres injusto. Simplemente digo que no es un modelo para mí.

Un ruido imprevisto a mi lado atrajo mi atención. Me di la vuelta y allí estaba otra vez Hautboy, que volvió a sentarse alegremente en la silla que había dejado vacía.
—Llegaba tarde a la cita —dijo Hautboy—, así que se me ocurrió volver con vosotros. Pero vamos, ya lleváis mucho tiempo aquí sentados. Vamos a mi casa. Está solo a cinco minutos andando.
—Iremos si prometes tocar el violín para nosotros —dijo Standard.
¡El violín!, o sea que es un rascatripas, pensé yo. No es raro que el genio rehúse marcarle el compás al arco de un violinista. Mi melancolía era cada vez mayor.
—Tocaré encantado hasta que os hartéis —le respondió Hautboy a Standard—. Vamos.
En pocos minutos nos encontramos en el quinto piso de una especie de almacén, en una calle transversal a Broadway. Estaba curiosamente amueblado con toda suerte de muebles extraños, que parecían haber sido adquiridos, uno a uno, en subastas de mobiliario anticuado. Pero todo estaba muy limpio y era acogedor.
Apremiado por Standard, Hautboy sacó su viejo y mellado violín, se sentó en un endeble taburete alto y tocó alegremente «Yankee Doodle» y otras melodías improvisadas, animadas y frívolas. Pero por vulgares que fueran aquellas tonadas, su estilo milagrosamente exquisito me dejó paralizado. Sentado allí, en aquel viejo taburete, con el raído sombrero hacia atrás y un pie colgando, manejaba el arco como un mago. Se volatilizó todo mi sombrío disgusto, hasta el último vestigio de malhumor. Mi alma entera capituló ante aquel violín mágico.
—Es una especie de Orfeo, ¿eh? —dijo Standard, dándome un codazo por debajo de la costilla izquierda.
—Y yo la fiera encantada —murmuré.
El violín calló. Una vez más, con curiosidad redoblada, miré al indiferente y campechano Hautboy. Pero desafiaba por completo cualquier tipo de inquisición. Cuando, después de dejarlo, Standard y yo estuvimos otra vez en la calle. Le pedí muy seriamente que me dijera quién, en verdad, era aquel maravilloso Hautboy.
—Pero ¿es que no lo has visto? ¿Y no diseccionaste toda su anatomía sobre la mesa de mármol de Taylor’s? ¿Qué más quieres saber? Sin duda tu propia agudeza magistral te habrá puesto al tanto de todo.
—Te burlas de mí, Standard. Aquí se encierra algún misterio. Dime, te lo suplico, ¿quién es Hautboy?
—Un genio extraordinario, Helmstone —dijo Standard, con súbito ardor—, que, en su infancia, apuró hasta las heces el jarro de la gloria; cuyo deambular de ciudad en ciudad era un deambular de triunfo en triunfo. Uno que ha sido admirado por los más sabios; mimado por los más encantadores; que ha recibido el homenaje de miles y miles de personas corrientes. Pero que hoy se pasea por Broadway sin que nadie sepa quién es. Como a ti y como a mí, el codo del oficinista apresurado y el trole del implacable tranvía, le obligan a hacerse a un lado. Él, que cientos de veces ha sido coronado de laureles, viste hoy, como ves, una chistera abollada. En un tiempo, la fortuna vertió una lluvia de oro en su regazo y lluvias de laureles en sus sienes. Hoy se gana la vida enseñando a tocar el violín de casa en casa. Henchido de fama en una ocasión, hoy se regocija sin ella. Con genio y sin fama, es más feliz que un rey. Más prodigioso ahora que nunca.
—¿Su verdadero nombre?
—Deja que te lo susurre al oído.
—¡Qué! Oh, Standard, si yo mismo de crío he gritado y aplaudido ese mismo nombre en el teatro.
—He oído que tu poema no ha sido muy bien recibido —dijo Standard, cambiando bruscamente de asunto.
—¡Ni una palabra más, por el amor de Dios! —grité yo—. Si Cicerón, al viajar por Oriente, encontró consuelo en contemplar la árida ruina de una ciudad antaño esplendorosa, ¿acaso no se reduce a la nada mi trivial asunto al ver en Hautboy a la viña y al rosal trepando por las columnas derruidas del hundido templo de la Fama?
Al día siguiente, rompí todos mis manuscritos, me compré un violín, y fui a que Hautboy me diera clases particulares.

domingo, 28 de julio de 2019

LOS BULTOS DEL JARDÍN de Dino BUZZATI



Cuando la noche ha caído, me gusta dar un paseo por mi jardín. No piensen que soy rico. Un jardín como el mío lo tienen todos. Y más tarde comprenderán por qué.
En la oscuridad, aunque realmente no está oscuro por entero porque de las ventanas iluminadas de la casa viene un difuso resplandor, camino por el prado, los zapatos hundiéndose un poco en la hierba, y mientras tanto pienso, y, pensando, alzo los ojos para ver si el cielo está sereno, y si lucen las estrellas las observo preguntándome un montón de cosas. No obstante, hay noches en que no me hago preguntas; las estrellas se están ahí, encima de mí, completamente estúpidas, y no me dicen nada.
Era yo un muchacho cuando, dando mi paseo nocturno, tropecé con un obstáculo. Como no veía, encendí una cerilla. En la plana superficie del prado había una protuberancia, y eso era extraño. A lo mejor el jardinero ha hecho algo, pensé, mañana por la mañana le preguntaré.
Al día siguiente llamé al jardinero, cuyo nombre era Giacomo. Le dije:
-¿Qué has hecho en el jardín? En el prado hay como un bulto, tropecé con él ayer por la noche y esta mañana, apenas se ha hecho de día, lo he visto. Es un bulto estrecho y oblongo, parece una sepultura. ¿Me quieres decir qué pasa?
-No es que parezca, señor -dijo Giacomo el jardinero-, es que es una sepultura. Y es que ayer murió un amigo suyo.
Era cierto. Mi queridísimo amigo Sandro Bartoli, de veintiún años, se había partido el cráneo en la montaña.
-¿Acaso me estás diciendo -le dije a Giacomo- que mi amigo está enterrado aquí?
-No -respondió-, su amigo el señor Bartoli -dijo así porque era persona educada a la antigua y por ello todavía respetuoso- ha sido enterrado al pie de las montañas que usted sabe. Pero aquí, en el jardín, el prado se ha levantado solo porque éste es su jardín, señor, y todo lo que sucede en su vida, señor, tendrá aquí una consecuencia.
-Vamos, vamos, por favor, eso no son más que supersticiones absurdas -le dije-, te ruego que aplanes ese bulto.
-No puedo, señor -contestó-, ni siquiera mil jardineros como yo conseguirían aplanar ese bulto.
Tras lo cual no se hizo nada y el bulto se quedo allí, y yo continué paseando por el jardín una vez había caído la noche, ocurriéndome de cuando en cuando tropezar con el bulto, si bien no muy a menudo, ya que el jardín es bastante grande; era un bulto de setenta centímetros de ancho y metro noventa de largo y sobre él crecía la hierba, y sobresalía del nivel del prado unos veinticinco centímetros. Naturalmente, cada vez que tropezaba en él pensaba en el querido amigo perdido. Pero también podía pasar que fuera al revés. Es decir, que fuera a dar en el bulto porque en aquel momento estaba pensando en él. Pero este asunto es algo difícil de entender.
Pasaban por ejemplo dos o tres meses sin que yo en la oscuridad, durante mi paseo nocturno, tropezase con aquel pequeño relieve. En este caso su recuerdo volvía a mí; entonces me paraba y en el silencio de la noche preguntaba en voz alta: ¿Duermes?
Pero él no contestaba.
Él, efectivamente, dormía, pero lejos, bajo las rocas, en un cementerio de montaña, y con los años nadie se acordaba ya de él, nadie le llevaba flores.
Sin embargo, pasaron muchos años y he aquí que una noche, en el curso de mi paseo, justamente en el rincón opuesto del jardín, tropecé con otro bulto.
Por poco caí de bruces cuan largo soy. Era pasada medianoche, todo el mundo había ido a dormir, pero mi enfado era tal que me puse a llamar “Giacomo, Giacomo”, justamente para despertarlo. De hecho, una ventana se iluminó. Giacomo apareció en el antepecho.
-¿Qué demonios es este bulto? -gritaba yo-. ¿Has cavado algún hoyo?
-No señor. Sólo que mientras tanto un querido compañero suyo de trabajo se ha ido -dijo-. Su nombre es Cornali.
Sin embargo, algún tiempo después topé con un tercer bulto y, aunque fuera noche cerrada, también esta vez llamé a Giacomo, que estaba durmiendo. Ahora sabía ya muy bien el significado que tenía aquel bulto, pero aquel día no me habían llegado malas noticias, y por eso estaba ansioso por saber. Giacomo, paciente, apareció en la ventana. “¿Quién es? -pregunté- ¿Ha muerto alguien?” “Sí señor -dijo-. Se llamaba Giuseppe Patané.”
Pasaron luego algunos años bastante tranquilos, pero en determinado momento los bultos volvieron a empezar a multiplicarse en el prado del jardín. Los había pequeños, pero también habían aparecido otros gigantescos que no se podían salvar con un paso, sino que realmente hacía falta subir por una parte y bajar después por la otra, como si de pequeñas colinas se tratase. De esta importancia crecieron dos a poca distancia una de la otra y no hubo necesidad de preguntar a Giacomo lo que había pasado. Allí debajo, en aquellos dos túmulos altos como un bisonte, estaban encerrados trozos queridos de mi vida arrancados de ella cruelmente.
Por eso cada vez que me tropezaba en la oscuridad con estos dos terribles montículos, muchas cosas dolorosas se revolvían en mi interior y yo me quedaba allí como un niño asustado y llamaba a mis amigos por su nombre. Cornali, llamaba, Patané, Rebizzi, Longanesi, Mauri, llamaba, los que habían crecido conmigo, los que habían trabajado muchos años conmigo. Y luego, en voz más alta: ¡Negro! ¡Vergari! Era como pasar una lista. Pero nadie respondía.
Así, poco a poco, mi jardín, antaño plano y agradable al paso, se ha transformado en un campo de batalla; tiene hierba todavía, pero el prado sube y baja en un laberinto de montículos, bultos, protuberancias, relieves, y cada una de estas excrecencias corresponde a un nombre, cada nombre corresponde a un amigo, y cada amigo corresponde a una tumba lejana y a un vacío dentro de mí.
Este verano, no obstante, se alzó una tan alta que, cuando estuve a su lado, su silueta tapó la visión de las estrellas; era grande como un elefante, como una caseta, subir a ella era algo espantoso, una especie de ascensión, no se podía hacer otra cosa que sortearla rodeándola.
Aquel día no me había llegado ninguna mala noticia; por eso aquella novedad del jardín me tenía muy sorprendido. Pero esta vez pronto supe también: era el mejor amigo de mi juventud quien se había ido, entre él y yo había habido tantas verdades, juntos habíamos descubierto el mundo, la vida y las cosas más bellas, juntos habíamos explorado la poesía, la pintura, la música, las montañas y era lógico que para contener todo este material destruido, aunque fuera compendiado y sintetizado en mínimos términos, hiciera falta una auténtica y verdadera montañita.
En ese momento tuve un arranque de rebelión. No, no podía ser, me dije espantado. Y una vez más llamé a mis amigos por sus nombres. Cornali, Patanè, Rebizzi, Longanesi, llamaba, Mauri, Negro, Vergani, Segàla, Orlandi, Chiarelli, Brambilla. En ese momento se alzó una especie de soplo en la noche que me respondía que sí, juraría que una especie de voz me decía que sí y venía de otros mundos, pero quizá fuera sólo la voz de un ave nocturna porque a las aves nocturnas les gustaba mi jardín.
Ahora, por favor, les ruego que me digan: por qué hablas de estas cosas tan tristes, la vida es ya tan breve y difícil por sí misma, amargarse a propósito es una idiotez; en fin de cuentas estas tristezas no tienen nada que ver con nosotros, tienen que ver sólo contigo. No, respondo yo, desgraciadamente tienen que ver también con ustedes; sería bonito, lo sé, que no fuera así. Porque esta historia de los bultos del prado nos sucede a todos, y cada uno de nosotros, me han explicado por fin, es propietario de un jardín donde suceden estos dolorosos fenómenos. Es una historia antigua que se ha repetido desde el principio de los siglos; también para ustedes se repetirá. Y no es un juego literario, las cosas son así.
Naturalmente, me pregunto también si en algún jardín surgirá algún día un bulto relacionado conmigo, quizá un bultito de segundo o tercer orden, apenas una arruga en el prado que de día, cuando el sol luce en lo alto, apenas conseguirá verse. Sea como sea, una persona en el mundo, al menos una tropezará.
Puede pasar que por culpa de mi maldito carácter muera solo como un perro al final de un pasillo viejo y desierto. Sin embargo, esa noche una persona tropezará en el bultito que surgirá en su jardín y tropezará también las siguientes noches, y cada vez pensará (perdonen mi esperanza, como una punta de nostalgia) en cierto tipo que se llamaba Dino Buzzati.

miércoles, 10 de julio de 2019

LA LECHE DE LA MUERTE de Marguerite YOURCENAR

La larga fila beige y gris de turistas se extendía por la calle principal de Ragusa; las gorras tejidas, los ricos sacos bordados se mecían con el viento a la entrada de las tiendas, encendían los ojos de los viajeros en busca de regalos baratos o disfraces para los bailes de a bordo. Hacía tanto calor como sólo hace en el Infierno. Las montañas desnudas de Herzegovina mantenían a Ragusa bajo fuegos de espejos ardientes. Philip Mild se metió a una cervecería alemana donde unas moscas gordas zumbaban en una semioscuridad sofocante. Paradójicamente, la terraza del restorán daba al Adriático, que volvía a aparecer ahí en plena ciudad, en el lugar más inesperado, sin que este súbito pasaje azul sirviera para otra cosa que para añadir un color más al abigarramiento de la plaza del mercado. Un hedor subía de un montón de desperdicios de pescados que algunas gaviotas casi insoportablemente blancas hurgaban. Ningún viento de alta mar llegaba a soplar. El compañero de camarote de Philip, el ingeniero Jules Boutrin, bebía sentado a la mesa de un velador de zinc, a la sombra de un quitasol color fuego que de lejos parecía una enorme naranja flotando en el mar.

—Cuéntame otra historia, viejo amigo, dijo Philip desplomándose pesadamente en una silla. Necesito un whisky y un buen relato frente al mar… La historia más bella y menos verosímil posible, que me haga olvidar las mentiras patrióticas y contradictorias de algunos periódicos que acabo de comprar en el muelle. Los italianos insultan a los eslavos, los eslavos a los griegos, los alemanes a los rusos, los franceses a Alemania y casi tanto a Inglaterra. Supongo que todos tienen razón. Hablemos de otra cosa… ¿Qué hiciste ayer en Scutari, donde tanto te interesaba ir a ver con tus propios ojos no sé qué turbinas?

—Nada, dijo el ingeniero. Aparte de echar un vistazo a dudosos trabajos de embalse, dediqué la mayor parte de mi tiempo a buscar una torre. He escuchado a tantas viejas servias narrarme la historia de la Torre de Scutari, que necesitaba localizar sus deteriorados ladrillos e inspeccionar si no tienen, como se afirma, una marca blanca… Pero el tiempo, las guerras y los campesinos de los alrededores, preocupados por consolidar los muros de sus granjas, lo demolieron piedra por piedra, y su memoria sólo vive en los cuentos. A propósito, Philip ¿eres tan afortunado de tener lo que se llama una buena madre?

—Qué pregunta, dijo negligentemente el joven inglés. Mi madre es bella, delgada, maquillada, resistente como el vidrio de una vitrina. ¿Qué más te puedo decir? Cuando salimos juntos, me toman por su hermano mayor.

—Eso es. Eres como todos nosotros. Cuando pienso que algunos idiotas suponen que a nuestra época le falta poesía, como si no tuviera sus surrealistas, sus profetas, sus estrellas de cine y sus dictadores. Créeme, Philip, de lo que carecemos es de realidades. La seda es artificial, los alimentos detestablemente sintéticos se parecen a esas copias de alimentos con que atiborran a las momias, y ya no existen las mujeres esterilizadas contra la desdicha y la vejez. Sólo en las leyendas de los países semibárbaros aún se encuentran criaturas de abundante leche y lágrimas de las que uno estaría orgulloso de ser hijo… ¿Dónde he oído hablar de un poeta que no podía amar a ninguna mujer porque en otra vida había conocido a Antígona? Un tipo como yo… Algunas docenas de madres y enamoradas, me han vuelto exigente frente a esas muñecas irrompibles que se hacen pasar por ser la realidad.

“Isolda por amante, y por hermana la hermosa Aude… Sí, pero la que yo hubiera querido por madre es una muchacha de una leyenda albanesa, la mujer de un reyezuelo de por aquí…

“Eran tres hermanos, que trabajaban construyendo una torre desde donde pudieran acechar a los saqueadores turcos. Ellos mismos se habían aplicado al trabajo, ya porque la mano de obra fuera rara, o costosa, o porque como buenos campesinos no se fiaran más que de sus propios brazos, y sus mujeres se turnaban para llevarles de comer. Pero cada vez que lograban avanzar lo suficiente como para colocar un montón de hierbas sobre el tejado, el viento de la noche y las brujas de la montaña tiraban su torre como Dios hizo que se derrumbara Babel. Existen muchas razones por las cuales una torre no se mantiene en pie, se puede atribuirlo a la torpeza de los obreros, a la mala disposición del terreno, o a la falta de cemento entre las piedras. Pero los campesinos servios, albaneses o búlgaros no reconocen a este desastre más que una causa: saben que un edificio se derrumba si no se ha tenido el cuidado de encerrar en sus cimientos a un hombre o a una mujer cuyo esqueleto sostendrá hasta el día del Juicio Final esa pesada carga de piedras. En Arta, Grecia, se enseña un puente donde una muchacha fue emparedada: parte de su cabellera sobresale por una grieta y cuelga sobre el agua como una planta rubia. Los tres hermanos comenzaron a mirarse con desconfianza y se cuidaban de no proyectar su sombra sobre el muro inacabado, pues se puede, a falta de algo mejor, encerrar en una obra en construcción esa negra prolongación del hombre que es tal vez su alma, y aquél cuya sombra se vuelve así prisionera muere como un desdichado herido por una pena de amor.

“En la noche, cada uno de los tres hermanos se sentaba lo más lejos posible del fuego, por miedo a que alguien se acercara silenciosamente por atrás y lanzara un costal sobre su sombra y se la llevara medio estrangulada, como un pichón negro. Su entusiasmo en el trabajo se debilitaba y angustia y fatiga bañaban de sudor sus frentes morenas. Finalmente, un día, el hermano mayor reunió a su alrededor a los otros dos y les dijo:

“—Hermanos menores, hermanos de sangre, leche y bautizo, si no terminamos la torre los turcos se deslizarán de nuevo a las orillas de este lago, disimulados tras las cañas. Violarán a nuestras criadas; quemarán en nuestros campos la promesa de pan futuro, crucificarán a nuestros campesinos en los espantapájaros de nuestros vergeles, quienes se transformarán así en alimento para cuervos. Hermanos míos, necesitamos unos de otros, y el trébol no puede sacrificar una de sus tres hojas. Pero cada uno de nosotros tiene una mujer joven y vigorosa, cuyos hombros y hermosa nuca están acostumbrados a soportar cargas pesadas. No decidamos nada, mis hermanos: dejemos la elección al Azar, ese prestanombres que es Dios. Mañana, al alba, emparedaremos en los cimientos de la torre a aquélla de nuestras mujeres que nos venga a traer de comer. No les pido más que el silencio de una noche, oh, mis menores, y que no abracemos con demasiadas lágrimas y suspiros a aquella que, después de todo, tiene dos posibilidades sobre tres de respirar todavía cuando el sol se oculte.

“Para él era fácil hablar así, pues detestaba en secreto a su joven mujer y quería deshacerse de ella para tomar en su lugar a una bella muchacha griega de cabellos rojizos. El segundo hermano no hizo ninguna objeción, porque esperaba prevenir a su mujer desde su regreso, y el único que protestó fue el menor, porque acostumbraba cumplir sus promesas. Enternecido por la generosidad de sus hermanos mayores, que renunciaban a lo que más querían en el mundo, terminó por dejarse convencer y prometió callarse toda la noche.

“Regresaron a las tiendas a esa hora del crepúsculo en que el fantasma de la luz muerta merodea todavía los campos. El segundo hermano llegó a su tienda de muy mal humor y ordenó rudamente a su mujer que lo ayudara a quitarse las botas. Cuando estuvo arrodillada frente a él, le aventó sus zapatos en plena cara y gritó:

“Hace ocho días que traigo la misma camisa, y llegará el domingo sin que pueda ponerme ropa limpia. Maldita holgazana, mañana, al despuntar el día, irás al lago con tu canasta de ropa y te quedarás ahí hasta la noche entre tu cepillo y tu bandeja. Si te alejas aunque sea el espesor de una semilla, morirás.

“Y la joven prometió temblando dedicarse a lavar todo el día siguiente.

“El mayor de los hermanos regresó a su casa muy decidido a no decir nada a su esposa cuyos besos lo ahogaban, y de quien ya no apreciaba la torpe belleza. Pero tenía una debilidad: hablaba dormido. La abundante matrona albanesa no durmió esa noche, preguntándose qué habría disgustado a su señor. De pronto escuchó a su marido mascullar jalando hacia sí el cobertor:

“—Querido corazón, pequeño corazón mío, pronto serás viudo… cómo estaremos tranquilos separados de la morena por los buenos ladrillos de la torre…

“Pero el menor regresó a su tienda pálido y resignado como un hombre que ha encontrado en el camino a la misma Muerte, guadaña al hombro, yendo a segar. Abrazó a su hijo en su cuna de mimbre, tomó tiernamente a su joven mujer entre sus brazos y ella lo escuchó sollozar toda la noche contra su corazón. La discreta mujer no le preguntó la causa de esa gran tristeza, pues no quería obligarlo a hacerle confidencias, y no necesitaba saber cuáles eran sus penas para intentar consolarlas.

“Al día siguiente, los tres hermanos tomaron sus picos y sus martillos y partieron con dirección a la torre. La mujer del segundo hermano preparó su canasta y fue a arrodillarse frente a la mujer del hermano mayor:

“—Hermana, dijo, querida hermana, hoy me toca llevarles de comer a los hombres; pero mi marido me ha ordenado bajo pena de muerte lavar sus camisas, y mi canasto está repleto.

“Hermana, querida hermana, dijo la mujer del hermano mayor, de todo corazón iría a llevarles de comer a nuestros hombres, pero un demonio se deslizó esta noche en uno de mis dientes… Ay, ay, ay, no soy buena más que para gritar de dolor…

“Y palmeó las manos sin ceremonia para llamar a la mujer del menor:

“—Mujer de nuestro hermano menor, dijo, querida mujer del más chico, ve allá en nuestro lugar a llevarles de comer a nuestros hombres, pues el camino es largo, nuestros pies están cansados, y somos menos jóvenes y ligeras que tú. Ve, querida pequeña, y llenaremos tu cesto de buenas viandas para que nuestros hombres te reciban con una sonrisa, Mensajera que calmarás su hambre.

“Y llenaron el cesto de pescados del lago confitados con miel y uvas de Corinto, de arroz envuelto en hojas de parra, queso de cabra y pasteles de almendra salada. La joven mujer puso tiernamente su hijo en los brazos de sus dos cuñadas y se fue por todo el camino, sola con su fardo sobre la cabeza, y su destino alrededor del cuello como una medalla bendita, invisible para todos, sobre la cual el propio Dios hubiera inscrito a qué género de muerte estaba destinada y a qué lugar en su cielo.

“Cuando los tres hombres la vieron de lejos, pequeña silueta aún indistinta, corrieron hacia ella; los dos primeros inquietos por el buen éxito de su estratagema y el más joven rogándole a Dios. El mayor contuvo una blasfemia al descubrir que no era su morena, y el segundo hermano agradeció al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el menor se arrodilló, rodeando con sus brazos las caderas de la joven mujer, y sollozando le pidió perdón. Enseguida, se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó tener piedad. Por último, se levantó e hizo brillar al sol el acero de su puñal. Un martillazo en la nuca lo lanzó jadeante a la orilla del camino. La joven mujer, espantada, había dejado caer su cesto, y la comida regada alegró a los perros. Cuando comprendió de qué se trataba, tendió las manos hacia el cielo:

“—Hermanos a los que nunca he faltado, hermanos por la sortija del matrimonio y la bendición del sacerdote, no me hagan morir, mejor avísenle a mi padre que es jefe de clan en la montaña, y él les proporcionará mil sirvientas que podrán sacrificar. No me maten: amo tanto la vida. No coloquen entre mi amado y yo el espesor de la piedra.

“Pero bruscamente se calló, porque se dio cuenta de que su joven marido, tirado a la orilla del camino, no movía los párpados y de que su cabello negro estaba sucio de sesos y sangre. Entonces, sin gritos ni lágrimas se dejó conducir por los hermanos hasta el nicho en el muro circular de la torre: dado que iba a la muerte por su propio pie, podía ahorrarse el llanto. Pero en el momento en que colocaban el primer ladrillo sobre sus pies calzados con sandalias rojas, se acordó de su hijo que tenía la costumbre de mordisquear sus suelas como un perro cachorro juguetón. Cálidas lágrimas rodaron por sus mejillas y vinieron a mezclarse con el cemento que la cuchara igualaba sobre la piedra:

“¡Ay! mis pequeños pies, dijo ella, ya no me llevarán hasta la cima de la colina para enseñarle más pronto mi cuerpo a mi amado. Ya no conocerán la frescura del agua corriente: sólo los Ángeles los lavarán, en la mañana de la Resurrección.

“Ladrillos y piedras se elevaron hasta sus rodillas cubiertas por un faldón dorado. Completamente erguida en el fondo de su nicho, parecía una María parada detrás de su altar.

“—Adiós, queridas manos, que cuelgan a lo largo de mi cuerpo, manos que ya no harán la comida, que no tejerán la lana, manos que ya no abrazarán al amado. Adiós, cadera mía, y tú, mi vientre, que no conocerás ni el parto ni el amor. Hijos que hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve tiempo de dar a mi hijo, ustedes me acompañarán en esta prisión que es mi tumba, y donde permaneceré de pie, insomne, hasta el día del Juicio Final.

“El muro de piedra llegaba ya al pecho. Entonces, un escalofrío recorrió el torso de la joven mujer, y sus ojos suplicantes tuvieron una mirada semejante al gesto de dos manos tendidas.

“—Cuñados, dijo ella, en consideración no mía sino de su hermano muerto, piensen en mi hijo y no lo dejen morir de hambre. No empareden mi pecho, hermanos míos, que mis dos senos permanezcan accesibles bajo mi blusa bordada, y que todos los días me traigan a mi hijo, al alba, a mediodía y al crepúsculo. Mientras me queden algunas gotas de vida, descenderán hasta mis pezones para alimentar al hijo que traje al mundo, y el día que ya no tenga leche, beberá mi alma. Accedan, malvados hermanos, y si así lo hacen mi marido y yo no les haremos ningún reproche el día en que nos volvamos a encontrar frente a Dios.

“Los hermanos intimidados consintieron en satisfacer ese último deseo y dejaron un espacio a la altura de los senos. Entonces, la joven mujer murmuró:

“—Hermanos queridos, coloquen sus ladrillos frente a mi boca, porque los besos de los muertos asustan a los vivos, pero dejen una hendidura frente a mis ojos, para que pueda ver si mi leche aprovecha a mi hijo.

“Hicieron como ella había dicho, y dejaron una hendidura horizontal a la altura de sus ojos. Al crepúsculo, a la hora en que su madre acostumbraba amamantarlo, se condujo al niño por el camino polvoriento, bordeado de arbustos bajos que las cabras pastaban, y la torturada saludó la llegada del bebé con gritos de alegría y bendiciones dirigidas a los dos hermanos. Torrentes de leche manaron de sus senos duros y tibios, y cuando el niño, hecho de la misma sustancia que su corazón, se hubo adormecido contra su pecho, cantó con una voz que amortiguaba la espesura del muro de ladrillos. Cuando su bebé se separó del pecho, ordenó que lo llevaran a dormir al campamento; pero toda la noche la tierna melopea se escuchó bajo las estrellas, y esta canción de cuna entonada a distancia bastaba para que no llorara. Al día siguiente ya no cantaba, y con voz débil preguntó cómo había pasado la noche Vania. Al otro día se calló, pero todavía respiraba, porque sus senos, habitados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente en su encierro. Días más tarde, su respiración fue a hacerle compañía a su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de fuentes, y el niño adormecido en la cavidad de su pecho, aún escuchaba su corazón. Luego, ese corazón tan bien conciliado con la vida espació sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua y a través de la hendidura sólo se veían dos pupilas vidriosas que ya no miraban el cielo. A su vez, esas pupilas se dejaron lugar a dos órbitas hundidas al fondo de las cuales se percibía la Muerte, mas el joven pecho permanecía intacto y, durante dos años, a la aurora, a mediodía y al crepúsculo, el brote milagroso continuó, hasta que el niño abandonaba por sí mismo el pecho.

“Solamente entonces los senos agotados se desmoronaron y sólo quedó en el reborde de los ladrillos una pizca de cenizas blancas. Durante algunos siglos, las madres conmovidas venían a pasar el dedo por los ladrillos quemados y las grietas marcadas por la leche maravillosa, luego, incluso la torre desapareció, y el peso de las bóvedas dejó de ser una carga para ese ligero esqueleto de mujer. Por último, los propios huesos frágiles se dispersaron, y ya no queda ahí más que un viejo francés asado por este calor infernal, que repite al primero que llega esta historia digna de inspirar a los poetas tantas lágrimas como la de Andrómaca.”

En ese momento, una gitana cubierta por una espantosa y dorada sarna, se acercó a la mesa donde estaban acodados los dos hombres. Llevaba en los brazos a un niño cuyos ojos enfermos estaban cubiertos por una venda de andrajos. Se inclinó con el insolente servilismo propio de las razas miserables o imperiales, y sus enaguas amarillentas barrieron la tierra. El ingeniero la corrió rudamente, sin preocuparse de su voz que subía del tono de la súplica al de la maldición. El inglés la volvió a llamar para darle un dinar.

“—¿Qué te pasa, viejo soñador? dijo impaciente. Sus senos y sus collares bien valen los de tu heroína albanesa. Y el hijo que la acompaña es ciego.

—Conozco a esa mujer, respondió Jules Boutrin. Un médico de Ragusa me relató su historia. Hace meses que aplica repugnantes cataplasmas a su hijo que le inflaman los ojos y apiadan a los transeúntes. Todavía ve, pero muy pronto será lo que ella desea que sea: un ciego. Entonces esta mujer tendrá el sustento asegurado, y para toda la vida, porque el cuidado de un enfermo es una profesión lucrativa. Hay de madres a madres.

sábado, 1 de junio de 2019

COMBINACIONES POSIBLES de Felipe BOSO

Entrelazándose hablarán los mudos, los tullidos andarán!
Verán, ya de regreso, los ciegos
Y palpitando escucharán los sordos!
                                         VALLEJO



A

Los cojos andan.
Los sordos oyen.
Los mudos hablan.
Los ciegos ven.
Los muertos resucitan.

B

Los que pueden andar se detienen.
Los que pueden oír se hacen los sordos.
Los que pueden hablar se callan.
Los que pueden ver cierran los ojos.
Los que quieren vivir se mueren.

C

Los cojos no oyen.
Los sordos no andan.
Los mudos no ven.
Los ciegos no resucitan.
Los muertos no hablan.
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