jueves, 6 de diciembre de 2018

LA DESPEDIDA de Eladio CABAÑERO

  «Adiós, hijo, ya no nos volveremos a ver.»                          («De una carta de mi padre».)

Como el olvido es malo, nunca olvido;
han pasado estos años... Ahora veo
que es necesario hablar de despedirnos,
de un documento extraño que se firma
para dejar de ver a los que amamos.

A solas pienso: «esto tan ancho sé que no es el mundo,
ni esta sed, este silencio;
la gran apuesta, la esperanza .
de la victoria  entre pared y pared tampoco».

A todo esto, padre,
verás cómo no puedo despedirme.
La vida es la noticia que no se puede olvidar
más fácilmente;
verás cómo no puedo decir nada.
Vivir, seguir
esta perdida apuesta es lo que importa
aunque estemos en medio de la calle
sin nada que vender ni que ponernos.
(Entre las cosas viejas de la casa
tu tapabocas roto, tu boina,
ropas tuyas
tan cargadas de tiempo; y aquella carta
que pareciera cursi si no fuera
porque es tan de verdad.) A todo esto...

«Hay que ser generosos,
los demás están solos, necesitan
que alguien se ocupe de ellos
porque el amor más mínimo les falta;
amamos poco al hombre», tú me dices.
Leo tu carta pensando
que siempre he sido un torpe y que no he visto
cómo eras tú hasta ahora que me faltas.
Aquellos ojos en mis ojos, música
entre los dos, y aquellas manos,
no los pude apreciar porque hasta entonces
vivíamos sin un luto.

Bien recuerdo las cosas:
si íbamos a comer, estaba madre
atareada y fuerte entre nosotros;
bien lo estoy recordando...
nos iba así la vida y yo era un niño
en libertad en las calles de su pueblo
que mirando a su abuelo pensó en Dios.

No amamos bien al hombre.
Recordando aquel pan y aquella cárcel,
viéndote emocionado,
fiado en la verdad, claro, indefenso,
he vuelto a deshacer la despedida
para que ser tu hijo sea decirte
que no estás sin amor .

No me despido.
La temblorosa rúbrica de irse
hoy la recojo de tus manos, padre;
que no te olvido en la desgracia, no.
Sosténme,
sepa tu corazón, si ahora me escuchas,
que eres más bueno cada vez y que amo
la pequeña limosna de mi vida
antes de despedirnos para siempre.

martes, 4 de diciembre de 2018

ESA VENGANZA ESTÉRIL de Elizabeth AZCONA CRANWELL

Esta carga de luz que a veces duele,
condena o gozo,es un destino necesario.
¿Cuál es el reino del poeta, su privilegio,
el poderío de sus ojos?

Nuestro albergue es pequeño.
Como el canto del gallo nos lastima tres veces
la medida del tiempo.
Y hacemos una frase con el Réquiem de Mozart
y el resabio de una tarde de sol.
Un personaje con harapos se nos antoja bello
en el andén de la mañana,
las palabras se cargan como un rito
y es el mandato que nos urge la vida.
toda salmodia se comenta en rezo, vibra y cae
y es la palabra un fuego que consume las cosas
cuando las cambia con lo intangible de la voz
y las convierte en tiempo por una enunciación que roba
su gravedad y su cuerpo.

¿Es privilegio esa venganza estéril
sobre la tiranía de las cosas?
Yo te pregunto por la tierra,
qué formas nuevas rescatamos en este hablado amanecer.
Yo te pregunto por los árboles,
por su sereno resplandor en la lluvia
y por las calles y los diarios y los objetos cotidianos
por las tareas, los saludos y los enseres de la vida.

Nuestro desorden, esa región que nos hermana
en la lengua feroz, la rebeldía,
la intención de domar el equilibrio de las cosas
no alcanza para un reino
donde un gesto crispado nos convenza
de que esta insurrección es el amor.

domingo, 2 de diciembre de 2018

PALOS de George SAUNDERS

Cada año, la noche de Acción de Gracias, seguíamos todos a Padre en procesión mientras él iba arrastrando el traje de Santa hasta la carretera para después apuntalarlo sobre una especie de crucifijo que había construido con un poste de metal en el jardín. Durante la semana de la Super Bowl el poste se vestía con un casco de Rod y con un jersey, y Rod tenía que vérselas con Padre si quería descolgar el casco. El cuatro de julio el poste era el Tío Sam; en el Día de los Veteranos de Guerra, un soldado; en Halloween, un fantasma. El poste era la única concesión de Padre a la alegría. Se nos permitía coger un solo Plastidecor de la caja cada vez. En Nochebuena le gritó a Kimmie por desperdiciar una rodaja de manzana. Aleteaba por encima de nosotros mientras vertíamos el kétchup, y decía “Ya está bien, ya está bien, ya está bien”. Los cumpleaños se celebraban con magdalenas, no con helado. La primera vez que traje a casa una chica me dijo: “¿Qué tiene tu padre con ese palo?”, Y yo me quedé allí sentado, parpadeando.

Nos fuimos de casa, nos casamos, tuvimos nuestros propios hijos, descubrimos que la simiente avara germinaba también en nosotros. Padre empezó a revestir el poste con más complejidad y con una lógica menos discernible. El Día de la Marmota lo cubrió con una especie de abrigo de piel y colocó un foco para garantizar que hiciera sombra. Cuando un terremoto azotó Chile, tendió el poste en el suelo y pintó una serie de fallas a su alrededor con un aerosol. Murió Madre y vistió el poste como la Muerte y colgó del travesaño fotos de cuando Madre era un bebé. Pasábamos a visitarlo y descubríamos extraños fetiches de su juventud colocados alrededor de la base: medallas del ejército, entradas de teatro, viejos jerséis, tubos de maquillaje de Madre. 

Hubo un otoño que pintó el poste de amarillo chillón. Aquel invierno lo cubrió de hisopos de algodón para darle abrigo y le dio al poste retoños clavando por el patio seis estaquitas con sus correspondientes travesaños de palo. Tendió cordel entre el poste y los palos y fijó una cinta adhesiva cartas de perdón, reconocimientos de culpa, súplicas para ser comprendido, todo escrito con una letra desquiciada sobre tarjetas de cartulina. Escribió en un cartel la palabra “AMOR” y lo colgó del poste y pintó otro que decía “¿ME PERDONAS?”, y luego murió en el pasillo con la radio puesta y vendimos la casa a una pareja de jóvenes que desclavaron el poste de un tirón y lo dejaron junto a la carretera para que lo recogiera el camión de la basura.

viernes, 30 de noviembre de 2018

EL CUENTO DEL NIÑO MALO de Mark TWAIN

Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim. Si uno es observador advertirá que en los libros de cuentos ejemplares que se leen en clase de religión los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño que este se llamara Jim, pero qué le vamos a hacer si así era.

Otra cosa peculiar era que su madre no estuviese enferma, que no tuviese una madre piadosa y tísica que habría preferido yacer en su tumba y descansar por fin, de no ser por el gran amor que le profesaba a su hijo, y por el temor de que, una vez se hubiese marchado, el mundo sería duro y frío con él.

La mayor parte de los niños malos de los libros de religión se llaman James, y tienen la mamá enferma, y les enseñan a rezar antes de acostarse, y los arrullan con su voz dulce y lastimera para que se duerman; luego les dan el beso de las buenas noches y se arrodillan al pie de la cabecera a sollozar. Pero en el caso de este muchacho las cosas eran diferentes: se llamaba Jim y su mamá no estaba enferma ni tenía tuberculosis ni nada por el estilo.

Al contrario, la mujer era fuerte y muy poco religiosa; es más, no se preocupaba por Jim. Decía que si se partía la nuca no se perdería gran cosa. Solo conseguía acostarlo a punta de bofetadas y jamás le daba el beso de las buenas noches; antes bien, al salir de su alcoba le halaba las orejas.

Este niño malo se robó una vez las llaves de la despensa, se metió a hurtadillas en ella, se comió la mermelada y llenó el frasco de brea para que su madre no se diera cuenta de lo que había hecho; pero acto seguido… no se sintió mal ni oyó una vocecilla susurrarle al oído: “¿Te parece bien hacerle eso a tu madre? ¿No es acaso pecado? ¿Adónde van los niños malos que se engullen la mermelada de su santa madre?”, ni tampoco, ahí solito, se hincó de rodillas y prometió no volver a hacer fechorías, ni se levantó, con el corazón liviano, pletórico de dicha, ni fue a contarle a su madre cuanto había hecho y a pedirle perdón, ni recibió su bendición acompañada de lágrimas de orgullo y de gratitud en los ojos. No; este tipo de cosas les sucede a los niños malos de los libros; pero a Jim le pasó algo muy diferente: se devoró la mermelada, y dijo, con su modo de expresarse, tan pérfido y vulgar, que estaba “deliciosa”; metió la brea, y dijo que esta también estaría deliciosa, y muerto de la risa pensó que cuando la vieja se levantara y descubriera su artimaña, iba a llorar de la rabia. Y cuando, en efecto, la descubrió, aunque se hizo el que nada sabía, ella le pegó tremendos correazos, y fue él quien lloró.

Una vez se encaramó a un árbol de manzana del granjero Acorn para robar manzanas, y la rama no se quebró, ni se cayó él, ni se quebró el brazo, ni el enorme perro del granjero le destrozó la ropa, ni languideció en su lecho de enfermo durante varias semanas, ni se arrepintió, ni se volvió bueno. Oh, no; robó todas las manzanas que quiso y descendió sano y salvo; se quedó esperando al cachorro, y cuando este lo atacó, le pegó un ladrillazo. Qué raro… nada así acontece en esos libros sentimentales, de lomos jaspeados e ilustraciones de hombres en levitas, sombrero de copa y pantalones muy cortos, y de mujeres con vestidos que tienen la cintura debajo de los brazos y que no se ponen aros en el miriñaque. Nada parecido a lo que sucede en los libros de las clases de religión.

Una vez le robó el cortaplumas al profesor, y temiendo ser descubierto y castigado, se lo metió en la gorra a George Wilson… el pobre hijo de la viuda Wilson, el niño sanote, el niñito bueno del pueblo, el que siempre obedecía a su madre, el que jamás decía una mentira, al que le encantaba estudiar y le fascinaban las clases de religión de los domingos. Y cuando se le cayó la navaja de la gorra, y el pobre George agachó la cabeza y se sonrojó, como sintiéndose culpable, y el maestro ofendido lo acusó del robo, y ya iba a dejar caer la vara de castigo sobre sus hombros temblorosos, no apareció de pronto un juez de paz de peluca blanca, para pasmo de todos, que dijera indignado:

-No castigue usted a este noble muchacho… ¡Aquel es el solapado culpable!: pasaba yo junto a la puerta del colegio en el recreo, y aunque nadie me vio, yo sí fui testigo del robo.

Y, así, a Jim no lo reprendieron, ni el venerable juez les leyó un sermón a los compungidos colegiales, ni se llevó a George de la mano y dijo que tal muchacho merecía un premio, ni le pidió después que se fuera a vivir con él para que le barriera el despacho, le encendiera el fuego, hiciera sus recados, picara leña, estudiara leyes, le ayudara a su esposa con las labores hogareñas, empleara el resto del tiempo jugando, se ganara cuarenta centavos mensuales y fuera feliz. No; en los libros habría sucedido así, pero eso no le pasó a Jim. Ningún entrometido vejete de juez pasó ni armó un lío, de manera que George, el niño modelo, recibió su buena zurra y Jim se regocijó porque, como bien lo saben ustedes, detestaba a los muchachos sanos, y decía que este era un imbécil. Tal era el grosero lenguaje de este muchacho malo y negligente.

Pero lo más extraño que le sucediera jamás a Jim fue que un domingo salió en un bote y no se ahogó; y otra vez, atrapado en una tormenta cuando pescaba, también en domingo, no le cayó un rayo. Vaya, vaya; podría uno ponerse a buscar en todos los libros de moral, desde este momento hasta las próximas Navidades, y jamás hallaría algo así. Oh, no; descubriría que indefectiblemente cuanto muchacho malo sale a pasear en bote un domingo se ahoga: y a cuantos los atrapa una tempestad cuando pescan los domingos infaliblemente les cae un rayo. Los botes que llevan muchachos malos siempre se vuelcan en domingo, y siempre hay tormentas cuando los muchachos malos salen a pescar en sábado. No logro comprender cómo diablos se escapó este Jim. ¿Será que estaba hechizado? Sí… esa debe ser la razón.

La vida de Jim era encantadora, así de sencillo. Nada le hacía daño. Llegó al extremo de darle un taco de tabaco al elefante del zoológico y este no le tumbó la cabeza con la trompa. En la despensa buscó esencia de hierbabuena, y no se equivoco ni se tomó el ácido muriático. Robó el arma de su padre y salió a cazar el sábado, y no se voló tres o cuatro dedos. Se enojó y le pegó un puñetazo a su hermanita en la sien, y ella no quedó enferma, ni sufriendo durante muchos y muy largos días de verano, ni murió con tiernas palabras de perdón en los labios, que redoblaran la angustia del corazón roto del niño. Oh, no; la niña recuperó su salud.

Al cabo del tiempo, Jim escapó y se hizo a la mar, y al volver no se encontró solo y triste en este mundo porque todos sus seres amados reposaran ya en el cementerio, y el hogar de su juventud estuviera en decadencia, cubierto de hiedra y todo destartalado. Oh, no; volvió a casa borracho como una cuba y lo primero que le tocó hacer fue presentarse a la comisaría.

Con el paso del tiempo se hizo mayor y se casó, tuvo una familia numerosa; una noche los mató a todos con un hacha, y se volvió rico a punta de estafas y fraudes. Hoy en día es el canalla más pérfido de su pueblo natal, es universalmente respetado y es miembro del Concejo Municipal. Fácil es ver que en los libros de religión jamás hubo un James malo con tan buena estrella como la de este pecador de Jim con su vida encantadora.
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