martes, 10 de septiembre de 2019

EL PABELLÓN DE LOS ANIMALES DOMÉSTICOS de Héctor PRAHIM

                                                                        
Cuando la autodestrucción entra en el corazón, 
al principio parece apenas un grano de arena.
John Cheever, Diarios

Sé que vamos a pelear, Katya, por más que anoche lo hayamos hecho como hace mucho no lo hacemos, con el impulso antropofágico intacto y el último ardor de posguerra listo, en ese viejo sofá donde me toca dormir en estas vacaciones. Las últimas vacaciones, los tres, o los cuatro. Sé que vamos a discutir, flaca, sin tregua, como jirafas que intercambian golpes con sus cuellos por un pedazo de río de arena, lo sé por esa forma que tenés de inclinarte en la reposera y de tocarte, una y otra vez, el piercing de tu ombligo. La vamos a pasar mal por más que hayamos estado toda la mañana bien, de la misma manera que estuvimos bien a la madrugada, cuando salimos al patio a oír el ruido del mar que rugía por sobre los techos de las casas, y yo te abracé y vos te pusiste a hablar de esos animales marinos que suelen vivir a tres kilómetros de profundidad y salen por la noche. Y al instante, de la nada, sucede en esta playa, porque se te ocurre decir: Pancho se queda con nosotros. Ahí empieza el asunto, eso da comienzo al conflicto. Lo peor es que te das cuenta, pero ya está, ya fue, ya empezó, y mi sistema de autodefensa se activa sin que yo pueda hacer nada para evitarlo. Entonces cierro el libro, vuelvo la vista al muelle, a la fila de pescadores que sostienen sus cañas contra la baranda y contesto, Pancho es mío. Vos te inclinás hacia adelante, subís el respaldo de la reposera igual que un pavo real, empezás a decir que soy un egoísta, el egoísta de siempre, egoísta porque ni siquiera pienso en Maxi. Yo te digo pará, no digas eso porque no es verdad. Pero para entonces la verdad importa poco, aunque importe demasiado, como nunca antes. Ahí mismo me mirás de costado, con tu hermosa sonrisa irónica, esa sonrisa que conozco bien y que siempre espero a lo sadomasoquista. Y decís, ¿adónde lo pensás meter? No sé, contesto, pero se viene conmigo. Trato de mostrar firmeza, aunque me vuelvo un poco paranoico, porque por más que quiera a ese perro de la manera que lo quiero, no va a venir conmigo. Entonces me hacés que no con el dedo, luego con la cabeza, y al instante sé que el asunto va a seguir así por largo rato. Sé que ya no vas a poder disfrutar de nada, ni ver nada, ni a derecha ni a izquierda, ni arriba ni abajo, solo el objetivo, sin sentimientos, como un misil transoceánico con mi nombre pintado sobre el lomo. Es así, Katya, eso es lo que viene a continuación, frialdad en estado puro, cambio drástico del humor en estado puro. No falla, ojalá fallara, ojalá pudieras ver a esos adolescentes de ahí adelante, esos que tratan de estaquear una carpa playera contra el viento. Deben ser tan adolescentes como cuando vos y yo nos fuimos a vivir juntos, ¿te acordás?, y alquilamos esa casa de forma cúbica, sin personalidad, arriba del lavadero de autos, y no nos importaba el ruido de rodillos, ni de secadoras, ni de aspiradoras, ni la música  alta o los motores, porque éramos felices a pesar de todo, porque reías y yo soñaba y combatíamos el ruido saliendo con nuestro carrito de bebé, paseando como turistas todo el santo día. Luego vino la quietud, el falso confort o bienestar, tan distante y distinto a la velocidad adquirida por estos días, por estos tiempos, es que pensamos eso, y pensamos mal, pensamos que la velocidad nos iba a salvar de algo, porque veníamos descalzos, cansados de caminar sobre maderas flojas, podridas, de un puente colgante a punto de caer, y al final, el puente resistió, pero nosotros necesitábamos caer, enteros o en pedazos, y caímos en caída libre, en ofrenda, manoteando el aire al derecho y al revés, y nos desvanecimos sin remedio, y comprendimos tarde, pero comprendimos, que funcionaba a la inversa, como en la aceleración y la desaceleración supersónica, como en la altitud plena, y ya no nos sanó nada. Me pongo de pie. Trato de enderezar la sombrilla. Vos te llevás los anteojos de sol hasta la frente, fruncís el ceño, y decís, ¿qué estás haciendo? Estoy a punto de decirte que de alguna manera aprendí a perder, a resignar. Pero mejor no, no voy a resignar nada hoy, hoy quiero un poco de sombra, salir de la zona habitable de mí estrella, de la que fue mí estrella, aunque sea por un rato, a pesar de la oscuridad excesiva que ya hay acá, en vos, en mí, en toda la gente de esta playa, a pesar del día soleado. Pero hay excepciones, claro, no podemos decir que haya oscuridad en ese perro o en Maxi o en los demás chicos o en los demás perros que juegan con las olas. Si hubiera en este lugar un detector de mentiras lo confirmaría, como confirmaría que se puede mirar hacia la oscuridad cerrada pero no hacia la luz intensa. Y es simple, te contesto eso, te contesto que sólo quiero un poco de sombra. Vos hacés a un lado la reposera, volvés a levantar la cara al sol. Puede que hace rato te hayas ido de acá, o puede que todavía permanezcas, en piloto automático, en velocidad crucero. Y preguntás, ¿qué día vas a pasar a buscar a Maxi? No sé, contesto, los domingos, supongo. Al instante escucho que se acerca una avioneta, promociona, por encima del ruido del motor, Locura compartida, en el cine teatro Océan. No me digas nada, estás pensando que yo estoy pensando que esa es la obra justa para nosotros. Al que le quepa el sayo, que se lo ponga. ¿No? En realidad estoy pensando en otra cosa, en la terapia. Quizás no sirvió de nada, o quizás sí, la individual, fue más útil que la de pareja. ¿No te parece? No te parece. Bajás los breteles del corpiño, comenzás a ponerte bronceador como si el sol se viniera a pique en los próximos segundos, y decís, algún que otro sábado voy a querer salir. Me parece perfecto, digo. No queda otra que asentir, mover la cabeza igual que esos perritos que van pegados arriba del tablero de los autos, conformarme con mirar a las gaviotas que pican la arena fina sin dejar de volar. Frente a mi silencio, agregás, si mi vieja no lo puede cuidar, lo vas a tener que cuidar vos. No tengo problema, digo, pero mirá que hay sábados que me toca trabajar, casi siempre por emergencias en los aires acondicionados de alguna clínica, o en alguna casa, y tengo que pasar tardes enteras trepado a una escalera practicando autopsias a compresores grasientos. Lo sabés, no sé por qué tengo que repetírtelo si lo sabés. Pero de pronto, nos salva el campanazo, Maxi se acerca, se acerca y dice, ¿me comprás eso, ma? y señala con el mentón unos barriletes escalonados en el aire, y pasa la pelota de tenis de mano en mano, delante de Pancho que se sienta en sus patas traseras y sigue el movimiento con la cabeza. El señor de los barriletes, decís, si vuelve para este lado te compro uno, ¿dale? Dale, Katya ¿Lo oís?, claro que lo oís. Los adolescentes, acaban de poner la inconfundible, la frenética, la extraordinaria voz de Kurt Cobain en el radiograbador, hay electricidad atmosférica en los espíritus, y saltan y mueven los brazos y patean la arena. Yo empiezo a seguir el ritmo con el pie, y estiro mi mano hasta la mano de Maxi y tomo la pelota, la hago rebotar en la arena húmeda. El perro la sigue con el hocico en el ascenso y en el descenso, hasta que en un nuevo rebote salta y la atrapa en el aire. Panchito quiere jugar, digo. Pero Maxi no me mira, te dice a vos que tiene hambre. Al momento destapás la conservadora, le alcanzás un sándwich, le preguntás si quiere jugo. Él asiente, muerde el sándwich. Le decís que por favor mastique bien antes de tragar, y echás jugo en polvo dentro de una botella de Coca-Cola cargada con agua. De verdad me pregunto, ¿por qué no podemos estar como Pancho? Alegres. Al menos eso es lo que parece, ¿no?, mi perro, sí, mi perro, porque fui yo el que lo encontró hace dos años. ¿No te acordás? En una de las tantas noches que salía a dar una vuelta después de discutir con vos o con tu otro yo, o con quién fueras en ese momento. Hacé memoria, por favor, dale. Es mío, lo encontré la vez que salí y manejé el Siena sin tener rumbo fijo, hasta que decidí ir hasta el garaje. Estacioné en la calle, subí a pie por la rampa hasta el primer nivel, hasta mi furgoneta fundida. Ahí guardo, sin que vos lo sepas, aunque ahora no creo que te importe demasiado, varias colecciones de soldaditos, mis soldaditos. Habré pasado más o menos una hora limpiándolos, luego volví a vagar por la ciudad. Paré en una estación de servicio, entré a la cafetería a tomar algo. Me demoré con los taxistas hablando de fútbol, de política, mientras un televisor colgado en la pared repetía un capítulo de Escobar, el patrón del mal. Cuando salí al estacionamiento vi que alguien había dejado una caja de zapatos arriba del capó del Siena. Bueno, ahí estaba Pancho cachorro, muerto de frío, en estado de deshidratación, ese que ahora corre y tira tarascones a las olas. Maxi lo adoptó al instante, y vos nunca supiste si aquello había sido un gesto de paz o una provocación encubierta, como las tuyas, como la de hace un rato. ¿Te acordás del hotel donde fuimos de luna de miel?, ese que tenía los retratos coloridos de Warhol que tanto me gustaban ¿Te acordás? Entonces había un congreso de médicos o algo por el estilo, y los médicos se emborracharon y bailaron desnudos en la pileta. Pero bueno, eso ya pasó, con lo que respecta a nosotros ahora, no hace falta que expliques nada. A buen entendedor pocas palabras. Es que insististe tanto con que teníamos que alquilar una casa de veraneo en vez de ir a ese otro hotel costero tan bonito, el sindical ese que tiene los cuadros de campos de trigo que tanto te gustan, que al final, la casa que conseguimos, a doce cuadras del centro y a tres de esta playa, es triste, colorida pero triste. Me parece justo que no quieras que esté en tus recuerdos futuros, buena decisión, yo trataré de hacer lo mismo, aunque me juego que al hotel vas a volver, como tal vez vuelvas a esa casa triste. Pero mejor no ponerse melancólico. No quiero victimizarme, me hago cargo de mi parte, y listo. Mejor pensar en otra cosa, por ejemplo en la noche que me levanté por un vaso de agua, y al prender la luz de la cocina vi cucarachas, dos se metieron rápido en la rejilla del desagüe, una tercera permaneció en el borde de la azucarera, movió sus antenas hasta que desapareció detrás del exprimidor eléctrico. Vacié la azucarera en el tacho de basura. Y sabés, abrí la alacena y descubrí una cuarta patinando en la pila de platos. Apagué la luz y salí al patio. Prendí un cigarrillo y lo fumé bajo una gran luna, bajo el ruido del mar, el mismo ruido que nos reconfortó en la madrugada de hoy. Luego oriné sobre el pasto, y volví a entrar. Encontré a Pancho acurrucado en el sofá. Le acaricié la cabeza y seguí, fui a la habitación donde vos y Maxi dormían en la cama matrimonial. Me acosté sin taparme y moví los ojos en la oscuridad hasta que me quedé dormido. A la mañana siguiente no mencioné ni una sola palabra sobre las cucarachas. ¿Cómo decírtelo? Ahora, Pancho deja la pelota a mis pies, alza las orejas, sale a correr por la playa. Maxi te pasa el sándwich y dice que no quiere más. Un último mordisco, insistís, dale, no comiste nada. Maxi va tras el perro. ¡Despacio, te podés caer!, gritás, y volvés la vista hacia mí. Pancho se queda con nosotros, decís. Y de vuelta al casillero inicial, de vuelta sacarle la espoleta a la granada para ver qué pasa, otra vez el infierno cotidiano para el prójimo. Lo del perro lo vemos después, contesto, lo único que te pido es que no metas a nadie en el departamento. Ya hablamos de esto, te quejás y alzás los brazos, los dejás caer. ¿En qué momento empezamos a desconocernos? ¿Qué estábamos haciendo que no nos quisimos dar cuenta? Sabés, hace mucho que perdí la inspiración, Katya, más o menos para el tiempo en que se te dio por ponerle ajo a toda la comida, una cantidad industrial de ajo, y yo, lo reconozco, empecé a hacer ruido con la boca al comer, al sorber. Siempre fueron los extremos, las lucecitas que se prenden de noche en el tablero de control para avisar que todo se está yendo a la mismísima mierda, de la misma manera que lo hacía la voz de Cobain hace un rato, y nosotros no le dimos importancia, o mejor dicho le dimos mayor importancia al deseo autodestructivo asistido y golpeamos con el dedo el vidrio para que las lucecitas dejaran de parpadear y seguir. En algún momento vas a querer estar con alguien, digo, estás en todo tu derecho, lo único que me preocupa es que Maxi vea cosas que no tiene que ver. ¿De dónde sale este ataque de moralina? ¿Por qué tengo que decirte esto? Y vos preguntás, ¿qué fecha del mes me vas a traer la plata? Me pongo de pie. Observo a los adolescentes que pasan a la carrera en dirección al agua. Apenas cobre, contesto. ¿Y en vacaciones?, decís. ¿Qué pasa en vacaciones? ¿Qué con quién se queda? Eso después lo charlamos, contesto, y algo me hace recordar la noche que me enojé con vos porque no dejabas de dar vueltas, no decidías qué ponerte para salir, y me fui al centro solo. Entré a un bar, me senté al lado de la ventana y pedí un fernet. A la hora te vi pasar con Maxi en el tren de la alegría. La Pantera Rosa bailaba en la parte de atrás. La tarde anterior había visto a esa misma Pantera en ese mismo bar, la cabeza estaba sobre una mesa junto a tres botellas de cerveza, el hombre demacrado dentro del resto del traje, trataba de meter una moneda en la ranura de la Rocola. Pagué el fernet y salí, preferí caminar por calles de departamentos apretados, de viviendas en alquiler con patios y terrazas compartidas. Deseé estar en mi furgoneta, con mis soldaditos de siempre. Al llegar a la casa, Pancho me recibió a lambetazos, le llené un plato de trocitos de hígado y prendí la tele, me puse a mirar El verano de Kikujiro, y convertí aquello en el pabellón de los animales domésticos. Vos llegaste con Maxi en un taxi una hora después. Maxi sonrió y mostró un globo y una bolsa de caramelos. Pancho reventó el globo de un mordisco. Lo que siguió ya lo conocés bien, discusión, pura discusión. La avioneta pasa de nuevo, esta vez promociona ese restaurante grande de la peatonal. Decís, no quiero que te lo lleves a dormir, por lo menos por ahora, después de los seis años sí, y en Navidad se queda conmigo. El viento hace flamear el banderín del puesto de los guardavidas como si indicara la peste, y avanza en oleadas, en forma de media luna alargada sobre la llanura arenosa. ¿Qué exhibirán las ciudades sustentables del futuro en las vitrinas de la vida conyugal, mi amor? ¿Acaso chapas dobladas, astillas de vidrio, ladrillos reducidos a cenizas? ¿Acaso souvenirs de viejos polígonos de bombas? Si tiene que ser así, que así sea,
y listo. Que al menos en los cumpleaños nos vea juntos, digo. Me siento, bajo la mirada. Siempre es así, yo sugiero y vos ordenás, yo digo hoy podemos comer ravioles, vos decís hoy vamos a comer ravioles. Vuelve Maxi, toma el balde en el que suele juntar caracoles y se aleja unos metros. Me estiro hacia atrás, quedo apoyado en los codos. Alguna vez lo voy a ir a buscar a la salida del jardín, digo. Avisame antes, decís, y enterrás medio pie en la arena. Ah, y quiero que te lleves el jueguito ese de porquería. El hielo termina de formarse bajo mis pies, una vez más la conversación está por caer en un punto ciego. Eso significa discutir el resto de la tarde, Katya, no quiero eso, no quiero tener que girar la barrena para hacer un agujero en el hielo, y sentarme en una banqueta a pescar hasta que el camino se despeje y podamos seguir. De verdad, tener que llevarme la Play es como una última frontera. Digo, de ninguna manera me la llevo, eso es de él. Vos te volvés a enderezar en la reposera, abrazás tus piernas. Maxi viene con el balde vacío. ¿Qué pasó?, le decís, ¿y los caracoles? También viene Pancho, se sienta, jadea con la lengua afuera. Nuestro hijo lo mira por unos segundos, amaga pegarle con el balde. Eso no, decís, no se maltrata a los animalitos. Lo decís y tu voz viaja intacta en la oscuridad y llega hasta mí vía coaxil, la misma voz tierna que supo enroscarme la víbora, con todo gusto, hace mucho. Trago saliva, me pongo de pie, levanto la pelota y las paletas, marco una línea en la arena con el talón. Maxi, digo, te juego un partido. Vos también debés de acordarte de algo, porque guardás los anteojos de sol en el estuche y pasás tus dedos por los ojos. Sacás la cámara digital del bolso, y decís, cuando lo lleves, no le des comida chatarra. Hago girar la paleta en mi mano. Asiento con la cabeza. Maxi intenta darle a la pelota. El viento arranca una  sombrilla, la lleva a los tumbos unos metros más allá. Pancho ladra hacia las olas. Vos te cubrís los hombros con una toalla. Te ponés de pie. Prendés la cámara. El objetivo lente se extiende. Apuntás hacia el mar, hacia el retazo de mar que se debe mover despacio bajo la bruma en esa pantalla digital. Girás primero la cabeza hacia nosotros, luego la cámara, y por diez segundos parecés contemplar la imagen a través del visor, como si te dieras cuenta, como si no nos diéramos cuenta de que estamos a punto de hacer algo significativo para nuestras vidas. Y al momento pasa, como en un único acto de magia, porque tenés, porque siempre tuviste más pelotas que una horda de cosacos. Y lo decís, decís ¡Sonrían, dale, sonrían!, y luego disparás.

lunes, 2 de septiembre de 2019

EL CUMPLEAÑOS DE BETINA de Aurora VENTURINI (fragmento de "LAS PRIMAS")

José había preparado el fuego en la parrilla y en el fondo era un ir y venir de gente de la familia de siempre  a  la  que se  sumaban tía Ingrazia y tío Danielito que vieron a Petra, la hija de ambos cuando llegó con los paquetes y bultos y desparramó sobre la mesada las carnes que ustedes ya saben y de una caja sacó botellas de vino blanco y tinto y algunas bebidas sin alcohol y pan y de todo, lo que me hizo razonar relampagueando que habría trabajado bastante porque lo traído no era barato sino exquisito y las frutas para hacer sangrías parecían pinturas de naturalezas muertas, especialmente las uvas y las manzanas. José, luego de quitar ciertas adherencias a la pata de cordero, la colocó en la parrilla rodeada de morcillas chorizos tripa gorda y chinchulines, él conocía el oficio de asador y mientras faenaba bebía vino para entonarse y los asistentes iban poniendo la gran mesa con las tablitas sobre las que se acostumbra degustar esas carnes y los tenedores y cuchillos y fuentes en una expresión, toda la vajilla de mamá salió a brillar a la luz de las bombitas, que se prendieron todas, y de algunas velas gruesas para adornar y también flotaban los globos de todos colores y a mí me pareció fiesta de Navidad pero no era sino sólo el cumpleaños de Betina que dormía en su cunita a pesar de cumplir esa noche dieciocho años contantes y sonantes. Pero en mi casa todo era diferente porque lo éramos nosotros cada uno en su extensión, dimensión y jerarquía y sonaba música de la radio de Petra que cantaba en ese momento Ortiz Tirado y decía bésame... bésame mucho... como si fuera esta noche la última vez... y ya no me acuerdo cómo seguía pero yo seguía porque el cerebro cansado creo estará como los sesos de la parrilla chisporroteando, mi pobre cerebro al que le exijo demasiado y ya tengo más ganas de acostarme que de participar en la fiesta y se lo dije a Petra que se enojó porque dijo que yo no tenía derecho a escapar por un poco de fatiga cuando ella sí que estaba cansada después de ejercer el oficio antiguo y que en vez de cuatro los clientes que atendió fueron cinco y para colmo de males el último bastante joven que la dejó de cama y tuvo ganas de quedarse en la cama de trabajo pero decidió cumplir y fue al mercado.
Descanso.

Buen descanso debí tomarme porque a los afanes de Petra sumé mi apresuramiento por terminar el cuadro y bañarme y acicalarme y le pregunté a Petra si ella se bañaría y acicalaría porque volvió muy desgreñada y dijo que lo haría por ella misma porque sentía lástima de ella misma y yo me  entristecí y le di un beso en la carita ridícula de coloretes corridos y baboseados. Petra me abrazó fuerte y exclamó para qué habremos nacido... y yo le contesté que nacimos porque a la pareja le vino ganas y no usó preservativos y ella me dijo que siempre los usaría para no traer hijos degenerados a este mundo también degenerado y amargo y abrazadas lloramos un océano de lágrimas como nunca lo hubiéramos pensado yo en cuclillas porque de otra manera nunca podría haberse concretado el único abrazo y lagrimeo que apretó y humedeció el crecido crepúsculo y nos hizo bien a las dos.

La radio cantaba con la voz romántica de Ortiz Tirado otra melodía de la última noche que pasé contigo y me lavé la cara jurando no llorar ya mientras Petra se desnudaba y metía en la bañera y vi los moretones que oscurecían la piel de su miserable cuerpecito y algún mordisco y arañazo o algo así pero no comenté nada y casi me echo a lloriquear pero aguanté.

Los moretones y demás llagas de aquella minucia de mujercita me inspiraron algunos motivos dolientes que esa noche no podría pintar pero que al día siguiente sí lo haría y no sé por qué bautizaría Las Magdalenas aunque no figurara mujer alguna en la temática pero resolví que tanto el cartón como la tela sollozaran igual que nosotras lo hicimos abrazadas y que la gente que viera esos trabajos también se estremeciera y sin saber por qué.

Fui al fondo y a la lumbre del fuego de la encendida parrilla el profesor o José como a ustedes más les guste designarlo esgrimiendo el hierro puntiagudo en forma de tenedor para acomodar las carnes me impresionó y estaba transpirado porque ya hacía calor y el sudor le  corría por el torso desnudo porque se había quitado la camisa y le vi los pelos del pecho y debajo de los brazos también y me dije ojalá que no me venga el vómito porque arruinaría la fiesta de Betina que ya estaba sentadita a la cabecera de la mesa y golpeaba con un cuchillito y un tenedorcito la mesita adosada a su silla porque tenía hambre y aunque traté de hacer oídos sordos sentí los cuetes que se le escapaban y vi a Petra y decidimos sentarnos al final del grupo por cualquier accidente no deseado o que se nos escapara risa o carcajada o vaya a saber qué pudiera ponernos en el tapete de la reunión y no deseábamos ser las arpías del momento festivo.

José dijo que había invitado a otro profesor de matemáticas que estaba viudo y solo aunque tenía un hijo y una hija que no vivían con él. Yo conocía de vista al profesor de matemáticas aunque nunca hablé con él y era sonriente como la caladura de una sandía, siempre sonriente y en Bellas Artes enseñaba dibujo y nunca aplazaba a ningún alumno o alumna. Acaso viniera con la novia, dijo José que era una chica preciosa de ojos verdes y muy elegante aunque el profesor no lo era pero nos iba a gustar por su simpatía y buenos modos y a mí me sonó a campana de palo meter ajenos al grupo que ya bastaba con José y no sé por qué lo advertí ajeno cuando hasta entonces no ocurrió de tal manera y ya estaba mamá y los dos tíos y nadie faltaba cuando llegaron los invitados de José y Petra me susurró al oído que el profesor era un atrevido por  meter en nuestra familia gente de su conocimiento. Pero las cosas venían así y las aceptaríamos hasta el borde de la copa y naturalmente terminarían cuando la copa rebasara.

Y empezaron a circular las tablitas que se llenaban y las copas que también se llenaban y yo miraba a Betina que aunque esgrimía tenedorcito y cuchillito requería de ayuda para comer porque había que cortarle los alimentos y acercárselos a la boca llena de dientes de ogresa.

jueves, 1 de agosto de 2019

EL VIOLINISTA de Herman MELVILLE


¡Así que mi poema es nefasto, y la fama inmortal no es para mí! Voy a ser un don nadie por siempre jamás. ¡Intolerable destino!

Cogí mi sombrero, arrojé al suelo la crítica y salí a toda prisa a Broadway, donde multitudes entusiasmadas se agolpaban camino de un circo recién inaugurado en una calle lateral cercana y famoso por un estupendo payaso.
De pronto, se me acercó muy alborotado mi viejo amigo Standard.

—¡Qué suerte encontrarte, Helmstone, muchacho! ¡Ah!, ¿qué te pasa? ¿No habrás cometido un asesinato? ¿Estás huyendo de la justicia? ¡Tienes un aspecto terrible!
—Así que la has visto, ¿no? —dije yo, refiriéndome, por supuesto, a la crítica.
—Ah, sí; estuve en la función matinal. Un gran payaso, te lo aseguro. Pero ahí viene Hautboy. Hautboy…, Helmstone.
Sin tiempo ni ganas de ofenderme por un error tan humillante, me tranquilicé en el acto al contemplar el rostro de aquel nuevo conocido, presentado de un modo tan poco ceremonioso. Era bajo y rechoncho, y tenía un aire juvenil y animado. Su tez ruralmente rubicunda; su mirada sincera, alegre y gris. Tan solo su pelo revelaba que no era un niño crecido. Por su pelo, le eché unos cuarenta o más.
—Vamos, Standard —le gritó alegremente a mi amigo—, ¿no vienes al circo?
Dicen que el payaso es inimitable. Vamos, señor Helmstone, vénganse los dos; y después del circo nos tomaremos un buen estofado y un ponche en Taylor’s.
El contento genuino, el buen humor y la expresión sincera de aquel nuevo conocido tan singular me afectaron como por arte de magia. Me pareció que aceptar la invitación de un corazón tan inequívocamente amable y honrado era un acto de mera lealtad a la naturaleza humana.

Durante la función circense me fijé más en Hautboy que en el famoso payaso.
Para mí el espectáculo era Hautboy. Un disfrute tan genuino como el suyo me conmovió hasta el alma con una intuición de la esencia de eso que llamamos felicidad. Parecía saborear bajo la lengua las bromas del payaso como magnum bonums maduras. Recurría, ora a la mano, ora al pie, para dar pruebas de su agradecido aplauso. Ante cualquier agudeza que se saliera de lo corriente se volvía hacia Standard y hacia mí para ver si compartíamos su raro placer. En un hombre de cuarenta años, vi a un muchacho de doce; y todo sin que mi respeto por él disminuyera lo más mínimo. Como todo en él era tan sincero y natural, y todas sus expresiones y actitudes resultaban tan graciosas debido a su genuina afabilidad, la maravillosa frescura de Hautboy adoptaba una especie de aire divino e inmortal, como el de algún dios griego eternamente joven.
Pero, por mucho que contemplase a Hautboy, y por mucho que admirase su actitud, no acababa de quitarme de encima aquel humor desesperado con el que había salido de casa y que seguía irritándome con retornos momentáneos. Pero me recobraba de aquellas recaídas y miraba rápidamente por todo el amplio anfiteatro de rostros ávidamente interesados y dispuestos a aplaudir cualquier cosa. ¡Oíd!, aplausos, pataleos, gritos ensordecedores; todo el público parecía sumido en una aclamación frenética; y ¿qué ha provocado todo esto?, meditaba yo. Y el payaso esbozaba cómicamente una de sus enormes sonrisas.
Entonces recité para mis adentros aquel sublime pasaje de mi poema en el que Cleotemes el argivo defiende la justicia de la guerra. Sí, sí, me dije, si ahora saltase a la pista y recitase ese mismo pasaje, no, si les leyera todo el poema trágico, ¿aplaudirían al poeta como aplauden al payaso? ¡No! Me abuchearían, y me tildarían de loco o de extravagante. ¿Y eso qué demuestra? ¿Tu fatuidad o su insensibilidad?
Quizá ambas cosas; pero sin duda la primera. Pero ¿a qué quejarse? ¿Buscas la admiración de los admiradores de un bufón? Recuerda al ateniense que, cuando vio aplaudir y vociferar al pueblo en el foro, le preguntó a su amigo con un susurro qué estupidez había dicho.

De nuevo, mi mirada recorrió el circo, y recayó en la rubicundez radiante del rostro de Hautboy. Pero su clara y franca jovialidad desdeñó mi desdén. Mi orgullo intolerante fue rechazado. Y, sin embargo, Hautboy ni siquiera imaginaba qué mágico reproche albergaba su risueña expresión para un alma como la mía. En el preciso instante en que sentí el dardo de la censura, sus ojos brillaron, sus manos se agitaron y su voz se elevó con jubiloso deleite ante otro chiste del inagotable payaso.
Al acabar el circo, fuimos a Taylor’s. Nos sentamos, entre mucha más gente, a una de las mesitas de mármol para dar cuenta de nuestros estofados y nuestros ponches. Hautboy se sentó frente a mí. Aunque había contenido su anterior hilaridad, su rostro seguía brillando de júbilo. Y, además, se le había añadido una cualidad que antes no era tan evidente: cierta expresión serena de un sentido común profundo y sosegado. En él, el buen sentido y el buen humor se daban la mano. A medida que se desarrolló la conversación entre el enérgico Standard y él —pues poco o nada dije yo —, me fue impresionando más y más el buen juicio que demostraba tener. En la mayoría de sus observaciones a propósito de temas muy diversos, Hautboy parecía acertar de manera intuitiva en la línea precisa entre el entusiasmo y la apatía. Estaba claro que, aunque Hautboy veía el mundo tal como era, teóricamente no se casaba ni con su lado más amable ni con el más siniestro. Rechazaba todas las soluciones, pero admitía los hechos. No impugnaba superficialmente la parte más triste del mundo, ni despreciaba cínicamente su parte más alegre, y disfrutaba agradecido de todo lo que le resultaba más grato. Era evidente —o al menos eso me pareció en aquel momento— que su extraordinaria alegría no era el producto de una deficiencia intelectual o sentimental.
Recordó de pronto que tenía una cita, cogió su sombrero, se inclinó agradablemente y se marchó.

—Y bien, Helmstone —dijo Standard, tamborileando los dedos de manera inaudible sobre el mármol—, ¿qué opinas de tu nuevo conocido?
Las dos últimas palabras resonaron con un significado nuevo y peculiar.
—Nuevo conocido, vaya que sí —repetí yo—. Standard, debo darte mil gracias por haberme presentado a uno de los hombres más singulares que he visto jamás. Haría falta la amplitud de miras de un hombre así para creer en la posibilidad de su existencia.
—Entonces es que te ha caído bien —dijo Standard con irónica sequedad.
—Le aprecio y le admiro enormemente, Standard. Ojalá fuera yo Hautboy.
—¿Ah? Eso es una pena. No hay más que un Hautboy en el mundo.
Esta última observación volvió a sumirme en mis pensamientos, y de algún modo revivió mi sombrío estado de ánimo.
—Imagino que su maravillosa jovialidad —me burlé yo con melancolía— se debe no solo a su feliz fortuna sino a su temperamento feliz. Su buen juicio es evidente; pero el buen juicio puede darse sin ir acompañado de dones sublimes. No, supongo que, en ciertos casos, el buen juicio se debe precisamente a la ausencia de estos: mucho más, la jovialidad. Al carecer de genio, es como si Hautboy estuviera bendito para siempre.
—¿Ah? Entonces ¿no le considerarías un genio extraordinario?
—¿Un genio? ¡Qué! ¡Ese hombrecillo gordito un genio! El genio, como Casio, es delgado.
—¿Ah? Pero ¿no se te ocurre que Hautboy pudiera haber tenido genio antes y que hubiese engordado tras tener la suerte de desembarazarse de él?
—Que un genio se libre de su genio es tan imposible como que un enfermo de tisis galopante se libre de ella.
—¿Ah? Hablas de manera muy categórica.
—Sí, Standard —grité yo cada vez más melancólico—, tu alegre Hautboy, después de todo, no es ningún modelo, ninguna lección para ti o para mí. Sus dotes son mediocres, sus opiniones claras, por limitadas; sus pasiones dóciles, porque son débiles; y su temperamento jovial, porque nació así. ¿Cómo iba a ser tu Hautboy un ejemplo razonable para un tipo cerebral como tú, o un soñador ambicioso como yo? Nada le tienta a ir más allá de los límites establecidos; no tiene que controlarse en nada. Su propia naturaleza le pone a salvo de cualquier daño moral. Si le picara la ambición; si hubiera oído por una vez los aplausos, o hubiese tenido que soportar el rechazo, tu Hautboy sería un hombre muy diferente. Tranquilo y satisfecho de la cuna a la tumba, obviamente se confunde con la multitud.
—¿Ah?
—¿Por qué dices «ah» de esa manera tan rara cada vez que hablo?
—¿Has oído hablar alguna vez del Maestro Betty?
—¿El gran prodigio inglés que, hace mucho tiempo, desbancó a Siddons y a los Kemble de Drury Lane y volvió loca de admiración a toda la ciudad?
—El mismo —dijo Standard, mientras volvía a tamborilear de manera inaudible sobre el mármol.

Le miré perplejo. Parecía guardar celosamente la clave de nuestra conversación, y haber sacado a relucir a su Maestro Betty solo para desconcertarme aún más.
—¿Qué puede tener que ver el Maestro Betty, el gran genio y prodigio, un inglesito de doce años de edad, con el pobre y ramplón Hautboy, un americano de cuarenta?
—Oh, nada en absoluto. Ni siquiera creo que se vieran nunca. Además, el Maestro Betty debe de llevar mucho tiempo muerto y enterrado.
—Entonces ¿por qué cruzar el océano y saquear su tumba para arrastrar sus restos mortales hasta esta discusión?
—Por despiste, supongo. Te pido perdón humildemente. Sigue con tus observaciones acerca de Hautboy. Crees que nunca tuvo genio alguno y que es demasiado satisfecho, gordo y feliz para eso, ¿no? No te parece un modelo para la humanidad, ¿eh? ¿Crees que no puede extraerse ninguna lección valiosa sobre el mérito desatendido, el genio ignorado, o la presunción impotente rechazada?, cosas que, en el fondo, vienen a ser lo mismo. Admiras su jovialidad, aunque desprecias la vulgaridad de su alma. ¡Pobre Hautboy, qué triste que tu propia alegría te traiga el desprecio de rebote!
—No he dicho que le desprecie; eres injusto. Simplemente digo que no es un modelo para mí.

Un ruido imprevisto a mi lado atrajo mi atención. Me di la vuelta y allí estaba otra vez Hautboy, que volvió a sentarse alegremente en la silla que había dejado vacía.
—Llegaba tarde a la cita —dijo Hautboy—, así que se me ocurrió volver con vosotros. Pero vamos, ya lleváis mucho tiempo aquí sentados. Vamos a mi casa. Está solo a cinco minutos andando.
—Iremos si prometes tocar el violín para nosotros —dijo Standard.
¡El violín!, o sea que es un rascatripas, pensé yo. No es raro que el genio rehúse marcarle el compás al arco de un violinista. Mi melancolía era cada vez mayor.
—Tocaré encantado hasta que os hartéis —le respondió Hautboy a Standard—. Vamos.
En pocos minutos nos encontramos en el quinto piso de una especie de almacén, en una calle transversal a Broadway. Estaba curiosamente amueblado con toda suerte de muebles extraños, que parecían haber sido adquiridos, uno a uno, en subastas de mobiliario anticuado. Pero todo estaba muy limpio y era acogedor.
Apremiado por Standard, Hautboy sacó su viejo y mellado violín, se sentó en un endeble taburete alto y tocó alegremente «Yankee Doodle» y otras melodías improvisadas, animadas y frívolas. Pero por vulgares que fueran aquellas tonadas, su estilo milagrosamente exquisito me dejó paralizado. Sentado allí, en aquel viejo taburete, con el raído sombrero hacia atrás y un pie colgando, manejaba el arco como un mago. Se volatilizó todo mi sombrío disgusto, hasta el último vestigio de malhumor. Mi alma entera capituló ante aquel violín mágico.
—Es una especie de Orfeo, ¿eh? —dijo Standard, dándome un codazo por debajo de la costilla izquierda.
—Y yo la fiera encantada —murmuré.
El violín calló. Una vez más, con curiosidad redoblada, miré al indiferente y campechano Hautboy. Pero desafiaba por completo cualquier tipo de inquisición. Cuando, después de dejarlo, Standard y yo estuvimos otra vez en la calle. Le pedí muy seriamente que me dijera quién, en verdad, era aquel maravilloso Hautboy.
—Pero ¿es que no lo has visto? ¿Y no diseccionaste toda su anatomía sobre la mesa de mármol de Taylor’s? ¿Qué más quieres saber? Sin duda tu propia agudeza magistral te habrá puesto al tanto de todo.
—Te burlas de mí, Standard. Aquí se encierra algún misterio. Dime, te lo suplico, ¿quién es Hautboy?
—Un genio extraordinario, Helmstone —dijo Standard, con súbito ardor—, que, en su infancia, apuró hasta las heces el jarro de la gloria; cuyo deambular de ciudad en ciudad era un deambular de triunfo en triunfo. Uno que ha sido admirado por los más sabios; mimado por los más encantadores; que ha recibido el homenaje de miles y miles de personas corrientes. Pero que hoy se pasea por Broadway sin que nadie sepa quién es. Como a ti y como a mí, el codo del oficinista apresurado y el trole del implacable tranvía, le obligan a hacerse a un lado. Él, que cientos de veces ha sido coronado de laureles, viste hoy, como ves, una chistera abollada. En un tiempo, la fortuna vertió una lluvia de oro en su regazo y lluvias de laureles en sus sienes. Hoy se gana la vida enseñando a tocar el violín de casa en casa. Henchido de fama en una ocasión, hoy se regocija sin ella. Con genio y sin fama, es más feliz que un rey. Más prodigioso ahora que nunca.
—¿Su verdadero nombre?
—Deja que te lo susurre al oído.
—¡Qué! Oh, Standard, si yo mismo de crío he gritado y aplaudido ese mismo nombre en el teatro.
—He oído que tu poema no ha sido muy bien recibido —dijo Standard, cambiando bruscamente de asunto.
—¡Ni una palabra más, por el amor de Dios! —grité yo—. Si Cicerón, al viajar por Oriente, encontró consuelo en contemplar la árida ruina de una ciudad antaño esplendorosa, ¿acaso no se reduce a la nada mi trivial asunto al ver en Hautboy a la viña y al rosal trepando por las columnas derruidas del hundido templo de la Fama?
Al día siguiente, rompí todos mis manuscritos, me compré un violín, y fui a que Hautboy me diera clases particulares.

domingo, 28 de julio de 2019

LOS BULTOS DEL JARDÍN de Dino BUZZATI



Cuando la noche ha caído, me gusta dar un paseo por mi jardín. No piensen que soy rico. Un jardín como el mío lo tienen todos. Y más tarde comprenderán por qué.
En la oscuridad, aunque realmente no está oscuro por entero porque de las ventanas iluminadas de la casa viene un difuso resplandor, camino por el prado, los zapatos hundiéndose un poco en la hierba, y mientras tanto pienso, y, pensando, alzo los ojos para ver si el cielo está sereno, y si lucen las estrellas las observo preguntándome un montón de cosas. No obstante, hay noches en que no me hago preguntas; las estrellas se están ahí, encima de mí, completamente estúpidas, y no me dicen nada.
Era yo un muchacho cuando, dando mi paseo nocturno, tropecé con un obstáculo. Como no veía, encendí una cerilla. En la plana superficie del prado había una protuberancia, y eso era extraño. A lo mejor el jardinero ha hecho algo, pensé, mañana por la mañana le preguntaré.
Al día siguiente llamé al jardinero, cuyo nombre era Giacomo. Le dije:
-¿Qué has hecho en el jardín? En el prado hay como un bulto, tropecé con él ayer por la noche y esta mañana, apenas se ha hecho de día, lo he visto. Es un bulto estrecho y oblongo, parece una sepultura. ¿Me quieres decir qué pasa?
-No es que parezca, señor -dijo Giacomo el jardinero-, es que es una sepultura. Y es que ayer murió un amigo suyo.
Era cierto. Mi queridísimo amigo Sandro Bartoli, de veintiún años, se había partido el cráneo en la montaña.
-¿Acaso me estás diciendo -le dije a Giacomo- que mi amigo está enterrado aquí?
-No -respondió-, su amigo el señor Bartoli -dijo así porque era persona educada a la antigua y por ello todavía respetuoso- ha sido enterrado al pie de las montañas que usted sabe. Pero aquí, en el jardín, el prado se ha levantado solo porque éste es su jardín, señor, y todo lo que sucede en su vida, señor, tendrá aquí una consecuencia.
-Vamos, vamos, por favor, eso no son más que supersticiones absurdas -le dije-, te ruego que aplanes ese bulto.
-No puedo, señor -contestó-, ni siquiera mil jardineros como yo conseguirían aplanar ese bulto.
Tras lo cual no se hizo nada y el bulto se quedo allí, y yo continué paseando por el jardín una vez había caído la noche, ocurriéndome de cuando en cuando tropezar con el bulto, si bien no muy a menudo, ya que el jardín es bastante grande; era un bulto de setenta centímetros de ancho y metro noventa de largo y sobre él crecía la hierba, y sobresalía del nivel del prado unos veinticinco centímetros. Naturalmente, cada vez que tropezaba en él pensaba en el querido amigo perdido. Pero también podía pasar que fuera al revés. Es decir, que fuera a dar en el bulto porque en aquel momento estaba pensando en él. Pero este asunto es algo difícil de entender.
Pasaban por ejemplo dos o tres meses sin que yo en la oscuridad, durante mi paseo nocturno, tropezase con aquel pequeño relieve. En este caso su recuerdo volvía a mí; entonces me paraba y en el silencio de la noche preguntaba en voz alta: ¿Duermes?
Pero él no contestaba.
Él, efectivamente, dormía, pero lejos, bajo las rocas, en un cementerio de montaña, y con los años nadie se acordaba ya de él, nadie le llevaba flores.
Sin embargo, pasaron muchos años y he aquí que una noche, en el curso de mi paseo, justamente en el rincón opuesto del jardín, tropecé con otro bulto.
Por poco caí de bruces cuan largo soy. Era pasada medianoche, todo el mundo había ido a dormir, pero mi enfado era tal que me puse a llamar “Giacomo, Giacomo”, justamente para despertarlo. De hecho, una ventana se iluminó. Giacomo apareció en el antepecho.
-¿Qué demonios es este bulto? -gritaba yo-. ¿Has cavado algún hoyo?
-No señor. Sólo que mientras tanto un querido compañero suyo de trabajo se ha ido -dijo-. Su nombre es Cornali.
Sin embargo, algún tiempo después topé con un tercer bulto y, aunque fuera noche cerrada, también esta vez llamé a Giacomo, que estaba durmiendo. Ahora sabía ya muy bien el significado que tenía aquel bulto, pero aquel día no me habían llegado malas noticias, y por eso estaba ansioso por saber. Giacomo, paciente, apareció en la ventana. “¿Quién es? -pregunté- ¿Ha muerto alguien?” “Sí señor -dijo-. Se llamaba Giuseppe Patané.”
Pasaron luego algunos años bastante tranquilos, pero en determinado momento los bultos volvieron a empezar a multiplicarse en el prado del jardín. Los había pequeños, pero también habían aparecido otros gigantescos que no se podían salvar con un paso, sino que realmente hacía falta subir por una parte y bajar después por la otra, como si de pequeñas colinas se tratase. De esta importancia crecieron dos a poca distancia una de la otra y no hubo necesidad de preguntar a Giacomo lo que había pasado. Allí debajo, en aquellos dos túmulos altos como un bisonte, estaban encerrados trozos queridos de mi vida arrancados de ella cruelmente.
Por eso cada vez que me tropezaba en la oscuridad con estos dos terribles montículos, muchas cosas dolorosas se revolvían en mi interior y yo me quedaba allí como un niño asustado y llamaba a mis amigos por su nombre. Cornali, llamaba, Patané, Rebizzi, Longanesi, Mauri, llamaba, los que habían crecido conmigo, los que habían trabajado muchos años conmigo. Y luego, en voz más alta: ¡Negro! ¡Vergari! Era como pasar una lista. Pero nadie respondía.
Así, poco a poco, mi jardín, antaño plano y agradable al paso, se ha transformado en un campo de batalla; tiene hierba todavía, pero el prado sube y baja en un laberinto de montículos, bultos, protuberancias, relieves, y cada una de estas excrecencias corresponde a un nombre, cada nombre corresponde a un amigo, y cada amigo corresponde a una tumba lejana y a un vacío dentro de mí.
Este verano, no obstante, se alzó una tan alta que, cuando estuve a su lado, su silueta tapó la visión de las estrellas; era grande como un elefante, como una caseta, subir a ella era algo espantoso, una especie de ascensión, no se podía hacer otra cosa que sortearla rodeándola.
Aquel día no me había llegado ninguna mala noticia; por eso aquella novedad del jardín me tenía muy sorprendido. Pero esta vez pronto supe también: era el mejor amigo de mi juventud quien se había ido, entre él y yo había habido tantas verdades, juntos habíamos descubierto el mundo, la vida y las cosas más bellas, juntos habíamos explorado la poesía, la pintura, la música, las montañas y era lógico que para contener todo este material destruido, aunque fuera compendiado y sintetizado en mínimos términos, hiciera falta una auténtica y verdadera montañita.
En ese momento tuve un arranque de rebelión. No, no podía ser, me dije espantado. Y una vez más llamé a mis amigos por sus nombres. Cornali, Patanè, Rebizzi, Longanesi, llamaba, Mauri, Negro, Vergani, Segàla, Orlandi, Chiarelli, Brambilla. En ese momento se alzó una especie de soplo en la noche que me respondía que sí, juraría que una especie de voz me decía que sí y venía de otros mundos, pero quizá fuera sólo la voz de un ave nocturna porque a las aves nocturnas les gustaba mi jardín.
Ahora, por favor, les ruego que me digan: por qué hablas de estas cosas tan tristes, la vida es ya tan breve y difícil por sí misma, amargarse a propósito es una idiotez; en fin de cuentas estas tristezas no tienen nada que ver con nosotros, tienen que ver sólo contigo. No, respondo yo, desgraciadamente tienen que ver también con ustedes; sería bonito, lo sé, que no fuera así. Porque esta historia de los bultos del prado nos sucede a todos, y cada uno de nosotros, me han explicado por fin, es propietario de un jardín donde suceden estos dolorosos fenómenos. Es una historia antigua que se ha repetido desde el principio de los siglos; también para ustedes se repetirá. Y no es un juego literario, las cosas son así.
Naturalmente, me pregunto también si en algún jardín surgirá algún día un bulto relacionado conmigo, quizá un bultito de segundo o tercer orden, apenas una arruga en el prado que de día, cuando el sol luce en lo alto, apenas conseguirá verse. Sea como sea, una persona en el mundo, al menos una tropezará.
Puede pasar que por culpa de mi maldito carácter muera solo como un perro al final de un pasillo viejo y desierto. Sin embargo, esa noche una persona tropezará en el bultito que surgirá en su jardín y tropezará también las siguientes noches, y cada vez pensará (perdonen mi esperanza, como una punta de nostalgia) en cierto tipo que se llamaba Dino Buzzati.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...