domingo, 10 de febrero de 2019

POR SUPERSTICIÓN de Boris PASTERNAK

Una caja de fósforos pintada;
así es mi buhardilla;
¿vagar, si no, por los hostales hasta
la morgue y la ceniza?

Y aquí estoy, otra vez, igual que entonces;
pura superstición:
el marrón del tapiz, como de roble;
la puerta, con su voz.

Yo me aferraba al pomo con las manos;
tú escapabas, ligera;
acaricio el mechón el rizo airado;
y el labio, las violetas.

¡Oh seductora, porque antes fue así,
como una nevadilla,
otra vez tu vestido al mes de abril
le canta «buenos días»!

No, no eres una vestal: sólo entraste
con una silla, como
si sacaras mi vida de un estante
para soplarle el polvo.

martes, 5 de febrero de 2019

COBARDÍA de Joris-Karl HUYSMANS

La nieve cae en grandes copos, el viento sopla, el frío hace estragos. Regreso a casa deprisa, preparo el fuego, la lámpara. Espero a mi amante. Cenaremos juntos en mi casa; he encargado la cena, he comprado una botella de vino de Borgoña, una hermosa tarta con frutas en almíbar (¡es tan golosa!). Son las seis, espero. La nieve cae en grandes copos, el viento sopla, el frío hace estragos; atizo el fuego, cierro las cortinas, cojo un libro, mi viejo Villon. ¡Qué inefable delicia! Cenar en casa los dos junto al fuego. Suenan en el reloj de pared las seis y media; presto atención para comprobar si sus pasos tocan levemente la escalera. Nada, ningún ruido. Enciendo mi pipa, me arrellano en mi sillón, pienso en ella. Las siete menos cinco. ¡Ah! ¡al fin! Es ella. Dejo mi pipa, corro hacia la puerta; los pasos siguen subiendo. Vuelvo a sentarme con el corazón oprimido; cuento los minutos, me acerco a la ventana; la nieve sigue cayendo en grandes copos, el viento sigue soplando, el frío sigue haciendo estragos. Intento leer, no sé lo que leo, solo pienso en ella, la excuso: la habrán retenido en el almacén, se habrá quedado en casa de su madre. ¡Hace tanto frío! Tal vez esté esperando un coche, pobre chiquita, ¡cómo voy a besar su naricilla fría y a sentarme a sus pies! Suenan las siete y media: ya no puedo estarme quieto, tengo el presentimiento de que no vendrá. ¡Vamos! Tratemos de cenar. Intento tragar algunos bocados pero mi garganta se cierra. ¡Ah! ¡ahora comprendo! Mil pequeñas naderías se yerguen ante mí; la duda, la implacable duda me tortura. Hace frío, pero ¿qué importan el frío, el viento, la nieve, cuando se ama? Sí, pero ella no me ama.

¡Oh! seré firme, la reprenderé enérgicamente; además, hay que acabar con esto, se está riendo de mí desde hace mucho tiempo; ¡qué demonios, ya no tengo dieciocho años! No es mi primera amante; ¡después de ella vendrá otra! ¿Se enfadará? ¡qué desgracia! ¡las mujeres no son un artículo escaso en París! Sí, es fácil decirlo, pero otra no sería mi pequeña Sylvie; ¡otra no sería este pequeño monstruo que me tiene locamente embobado! Camino a grandes zancadas, furiosamente, y mientras me pongo rabioso, el reloj tintinea alegremente y parece burlarse de mis angustias. Son las diez. Acostémonos. Me tiendo en la cama y dudo a la hora de apagar la luz; ¡bah! ¡da igual! apago. Furibundas iras me oprimen la garganta, me asfixio. ¡Ah! sí, todo ha terminado entre nosotros, bien terminado. ¡Ah! Dios mío, alguien sube; es ella, son sus pasos; me bajo de la cama, enciendo, abro.

-¡Eres tú! ¿De dónde vienes? ¿Por qué llegas tan tarde?

-Mi madre me ha entretenido.

-¡Tu madre!… hace tres días me dijiste que ya no ibas a su casa. ¿Sabes? Estoy muy enfadado; si no estás dispuesta a venir con más exactitud, pues…

-Pues… ¿qué?

-Pues nos enfadaremos.

-De acuerdo, enfadémonos ahora mismo; estoy cansada de que me riñas siempre. Si no estás contento me voy…

Tres veces cobarde, tres veces imbécil, ¡la retuve!

miércoles, 30 de enero de 2019

Y VENDIMOS LA LLUVIA de Carmen NARANJO

¡Qué jodida está la cosa!, eso fue lo único que declaró el ministro de hacienda, hace unos cuantos días, cuando se bajaba de un jeep después de setenta kilómetros en caminos llenos de polvo y de humedad. Su asesor agregó que no había un centavo en caja, la cola de las divisas le daba cuatro vueltas al perímetro de la ciudad. El Fondo, tercamente, estaba afirmando: no más préstamos hasta que paguen intereses, recorten el gasto público, congelen los salarios, aumenten los productos disminuyan las tasas de importación, además quiten tanto subsidio y las instituciones de beneficios sociales. 

Y el pobre pueblo exclamaba: ya ni frijoles podemos comprar, ya nos tienen a hojas de rábano, a plátanos y a basura, aumentan el agua y el agua no llega a la casa a pesar de que llueve diariamente, han subido la tarifa y te cobran excedentes de consumo de un año atrás cuando tampoco había servicio en las cañerías. 

¿Es que a nadie se le ocurre en este país alguna pinche idea que solucione tanto problema?, preguntó el presidente de la república que poco antes de las elecciones proclamaba que era el mejor, el del pensamiento universitario, con doctorado para el logro del desarrollo, rodeado de su meritocracia sonriente y complacida, vestida a la última moda. Alguien le propuso rezar y pedir a La Negrita, lo hizo y nada. Alguien le propuso restituir a la Virgen de Ujarrás, pero después de tantos años de abandono la bella virgencita se había vuelto sorda y no oyó nada, a pesar de que el gabinete en pleno pidió a gritos que iluminara un mejor porvenir, una vía hacia el mañana. 

El hambre y la pobreza ya no se podían esconder: gente sin casa, sin un centavo en el bolsillo, acampaba en el parque central, en el parque nacional, en la plaza de la cultura, en la avenida central y en la avenida segunda, un campamento de tugurios fue creciendo en La Sabana y los grupos de precaristas amenazaban con invadir el Teatro Nacional, el Banco Central y toda sede de la banca nacionalizada. El Seguro Social introdujo raciones de arroz y frijoles en el recetario. Un robo cada segundo por el mercado, un asalto a las residencias cada media hora. Los negocios sucios inundaron a la empresa privada y a la pública, la droga se liberó de controles y pesquisas, el juego de ruletas, naipes y dados se institucionalizó para lavar dólares y atraer turistas. Lo más curioso es que las únicas rebajas de precio se dieron en el whisky, el caviar y varios otros artículos de lujo. 

El mar de pobreza creciente que se vio en ciudades y aldeas, en carreteras y sendas, contrastaba con más Mercedes Benz, beemedobleú, Civic y el abecedario de las marcas en sus despampanantes últimos modelos. 

El ministro declaró a la prensa que el país se encontraba al borde de la quiebra: las compañías aéreas ya no daban pasajes porque se les debía mucho y por lo tanto era imposible viajar, además la partida de viáticos se agotó, ¿se imaginan lo que estamos sufriendo los servidores públicos?, aquí encerrados, sin tener oportunidad de salir por lo menos una vez al mes a las grandes ciudades. Un presupuesto extraordinario podía ser la solución, pero los impuestos para los ingresos no se encontraban, a menos que el pueblo fuera comprensivo y aceptara una idea genial del presidente de ponerle impuesto al aire, un impuesto mínimo, además el aire era parte del patrimonio gubernamental, por cada respiro diez colones. 

Llegó julio y una tarde un ministro sin cartera y sin paraguas vio llover, vio gente correr. Sí, aquí llueve como en Comala, como en Macondo, llueve noche y día, lluvia tras lluvia como en un cine con la misma cartelera, telones de aguacero y la pobre gente sin sombrilla, sin cambio de ropas para el empape, como esas casas tan precarias, sin otros zapatos para el naufragio, los pobres colegas resfriados, los pobres diputados afónicos, esa tos del presidente que me preocupa tanto, además lo que es la catástrofe en sí: ninguna televisora transmite, todas están inundadas, lo mismo que los periódicos y las radioemisoras, un pueblo sin noticias es un pueblo perdido porque ignora que en otras partes, en casi todas, las cosas están peores. Si se pudiera exportar la lluvia, pensó el ministro. 

La gente, mientras tanto, con la abundancia de la lluvia, la humedad, la falta de noticias, el frío, el desconsuelo y hambre, sin series ni telenovelas, empezó a llover por dentro y a aumentar la población infantil, o sea la lucha porque alguno de los múltiples suyos pudiera sobrevivir. Una masa de niños, desnuda y hambrienta, empezó a gritar incansablemente al ritmo de un nuevo aguacero. 

Como se reparó una radioemisora, el presidente pudo transmitir un mensaje, heredó un país endeudado hasta el extremo que no encontraba más crédito, él halló la verdad de que no podía pagar ni intereses ni amortización, tuvo que despedir burócratas, se vio obligado a paralizar obras y servicios, cerrar oficinas, abrir de algún modo las piernas a las transnacionales y a las maquilas, pero aquellas vacas flacas estaban agonizando y las gordas venían en camino, las alentaba el Fondo, la AID, el BID y a lo mejor también el Mercado Común Europeo, sin embargo el gran peligro estaba en que debían atravesar el país vecino y ahí era posible que se las comieran, aunque venían por el espacio, a nueve mil metros de distancia, en establo de primera clase y cabina acondicionada, pero esos vecinos eran y son tan peligrosos. 

La verdad es que el gobierno se había desteñido en la memoria del pueblo, ya nadie recordaba el nombre del presidente y de sus ministros, la gente los distinguía con el de aquél que se cree la mamá de Tarzán y usa anteojos o el que se parece al cerdito que me regalaron en los buenos tiempos pero un poco más feo. 

Y la solución salió de lo que menos se esperaba. El país organizó el concurso tercermundista de la “Señorita Subdesarrollo”, ya usted sabe de flaquitas, oscuritas, encogidas de hombros, piernas cortas, medio calvas, sonrisas cariadas, con amebas y otras calamidades. El próspero Emirato de los Emires envió a su designada, quien de puro asombro de cómo llovía y llovía al estilo de Leonardo Fabio, abrió unos ojos enormes de competencias de harén y de cielos en el Corán. Ganó por unanimidad, reina absoluta del subdesarrollo, lo merecía por cierto, no le faltaban colmillos ni muelas, y regreso más rápido que rapidísimo al Emirato de los Emires, había adquirido más veloz que corriendo algunos hongos que se acomodaron en las uñas de los pies y las manos, detrás de las orejas y en las mejilla izquierda. 

Oh padre Sultán, señor mío, de las munas y del sol, si su Alteza Arábiga pudiera ver cómo llueve y llueves en ese país, le juro que no creería. Llueve noche y día, todo está verde, hasta la gente, son gente verde, inocente, ingenua, que ni siquiera ha pensado en vender su primer recurso, la lluvia, pobrecitos piensan en café, en arroz, en caña, en verduras, en madera y tienen el tesoro de Alí Babá en sus manos y no lo ven. ¿Qué no daríamos por algo semejante? 

El Sultán Abun dal Tol la dejó hablar, la hizo repetir lo de esas lluvia que amanecía y anochecía, volvía a amanecer y anochecer por meses iguales, no se cansaba de las historias, verde en el tránsito de reverdecer más, le gustó incluso lo de un tal Leonardo Fabio en eso de llovía y llovía. 

Una llamada telefónica de larga distancia entró al despacho del ministro de exportaciones procedente del Emirato de los Emires, pero el ministro no estaba. El ministro de relaciones comerciales casi se ilumino cuando el Sultán Abun dal Tol se llenó de luces internas y le ordenó comprar lluvia y lluvia y construir un acueducto desde allá hasta aquí para fertilizar el desierto. Otra llamada. Aló, hablo con el país de la lluvia, no la lluvia de mariguana y de cocaína, no la de los dólares lavados, la lluvia que natural cae del cielo y pone verde lo arenoso. Sí, sí, habla con el ministro de exportaciones de ese país y estamos dispuestos a vender la lluvia, no faltaba más, su producción no nos cuesta nada, es un recurso natural como su petróleo, haremos un trato bueno y justo. 

La noticia ocupó cinco columnas en la época seca, en que se pudieron vencer obstáculos de inundaciones y de humedades, el propio presidente la dio: vendemos lluvia a diez dólares el centímetro cúbico, los precios se revisarán cada diez años y la compra será ilimitada, con las ganancias pagaremos los préstamos, los intereses y recobraremos nuestra independencia y nuestra dignidad. 

El pueblo sonrió, un poco menos de lluvia agradable a todos, además se evitaban las siete vacas gordas, un tanto pesadas. Ya no las debía empujar el Fondo, el Banco Mundial, la AID, la Embajada, el BID y quizás el Mercado Común Europeo, a nueve mil metros de altura, dado el peligro de que las robaran en el país vecino, con cabina acondicionada y establo de primera clase. Además de las tales vacas, no se tenía seguridad alguna de que fueran gordas, porque su recibo obligaba a aumentar todo tipo de impuestos, especialmente lo de consumo básico, a exonerar completamente las importaciones, a abrir las piernas por entero a las transnacionales, a pagar los intereses que se han elevado un tanto y a amortizar la deuda que está creciendo a un ritmo sólo comparado con las plagas. Y si fuera poco hay que estructurar el gabinete porque a algunos ministros la gente de las cámaras los ve como peligrosos y extremistas. Agregó el presidente con una alegría estúpida que se mostraba en excesos de sonrisas alegremente tontas, los técnicos franceses, garantía de la meritocracia europea, construirán los embudos para captar la lluvia y el acueducto, lo que es un aval muy seguro de honestidad, eficiencia y transferencia de tecnología. 

Para este entonces ya habíamos vendido muy mal el atún, los delfines y el domo térmico, también los bosques y los tesoros indígenas. Además el talento, la dignidad, la soberanía y el derecho al tráfico de cuanto fuere ilícito. El primer embudo se colocó en el Atlántico y en cosa de meses quedó peor que el Pacífico Seco. Llegó el primer pago del Emirato de los Emires, ¡en dólares!, se celebró con una semana de vacaciones. Era necesario un poco más de esfuerzo. Se puso en embudo en el norte y otro en el sur. Amabas zonas muy pronto quedaron como una pasa. No llegaban los cheques, ¿qué pasa?, el Fondo los embargó para pagarse intereses. Otro esfuerzo: se colocó el embudo en el centro, donde antes llovía y llovía, para dejar de llover por siempre, lo que obstruyó cerebros, despojó de hábitos, alteró el clima, deshojó el maíz, destruyó el café, envenenó aromas, asoló cañales, disecó palmeras, arruinó frutales, arrasó hortalizas, cambió facciones y la gente empezó a actuar con rasgos de ratas, hormigas y cucarachas, los único animales que abundaban. 

Para recordar que habíamos sido, circulaban de mano en mano fotografías de un oasis enorme con grandes plantaciones, jardines, zoológicos por donde volaban mariposas y una gran variedad de pájaros, al pie se leía: venga y visítenos, este Emirato de los Emires es un paraíso. El primero que se aventuró fue un tipo buen nadador, quien tomó las previsiones de llevar alimentos y algunas medicinas. Después toda su familia entera se fue, más tarde pueblos pequeños y grandes. La población disminuyó considerablemente, un buen día no amaneció nadie, con excepción del presidente y su gabinete. Todos los otros, hasta los diputados, siguieron la ruta de abrir la tapa del acueducto y así dejarse ir hasta el encuentro con la otra tapa ya en el Emirato de los Emires. 

Fuimos en ese país ciudadanos de segunda categoría, ya estábamos acostumbrados, vivimos en un ghetto, conseguimos trabajo porque sabíamos de café, caña, algodón, frutales y hortalizas. Al poco tiempo andábamos felices y como sintiendo que aquello también era nuestro, por lo menos la lluvia nos pertenecía. Pasaron algunos años, el precio del petróleo empezó a caer y caer. El Emirato pidió un préstamo, luego otro y muchos, pedía y pide para pagar lo que debe. La historia nos suena harto conocida. Ahora el Fondo se ha apoderado del acueducto, nos cortó el agua por falta de pago y porque el Sultán Abun dal Tol se le ocurrió recibir como huésped de honor a un representante de aquel país vecino nuestro.    


lunes, 14 de enero de 2019

UN VIEJO MISIONERO DE ANNAM de Pierre LOTI

Allá lejos, en el siniestro país amarillo del Extremo Oriente, durante el mal período de la guerra, nuestro navío — un pesado acorazado — estaba estacionado en su puesto de bloqueo en una bahía de la costa. Con la tierra vecina — montañas inverosímilmente verdes o arrozales, lisos como llanuras de terciopelo — nos comunicábamos apenas. Las gentes de los pueblos y de los bosques permanecían en sus casas, desconfiadas u hostiles. Un calor aplastante caía sobre nosotros, de un cielo triste, casi siempre gris, velado por continuos celajes de plomo.

Cierta mañana, durante mis horas de guardia, el timonel de centinela vino a decirme:
— Hay un sampán, capitán, que llega del fondo de la bahía y que parece querer acercarse a nosotros.
— ¿Y quién viene en él?
Indeciso, antes de responder, miró de nuevo, con su catalejo.
— Capitán: Hay... algo así como un bonzo, un chino... Yo no sé qué, solo, sentado en la popa.
Sin prisa, sin ruido, avanzaba el sampán, sobre el agua inerte, oleaginosa y cálida. Una joven, de rostro amarillo, vestida con una tela negra, remaba, de pie, para traernos aquel visitante ambiguo — que, en efecto, llevaba el traje, el peinado y los anteojos redondos de los bonzos de Annam; pero que usaba barba y un sorprendente rostro, en modo alguno asiático.
Subió a bordo y vino a saludarme en francés, hablando de un modo tímido y pesado.
— Soy un misionero — me dijo; — soy de Lorena; pero habito desde ha treinta años en un pueblecito que está aquí, a seis horas de camino por tierra, y en el que todos se han hecho cristianos... Quisiera hablar con el comandante para pedirle auxilio. Los rebeldes nos han amenazado y están ya cerca de nosotros. Todos mis feligreses van a ser asesinados, seguramente, si no se acude pronto en nuestra ayuda...

¡Ay! El comandante se vió obligado a rehusar el socorro. Todos cuantos hombres y fusiles teníamos habían sido enviados a otra región. En aquellos momentos nos quedaba el preciso número de marineros necesario para guardar el barco. Verdaderamente, no podíamos hacer nada por aquellos pobres feligreses, y era menester abandonarlos como cosa perdida.
Llegó, en tanto, la abrumadora hora del mediodía, la pesadez meridiana que suspende la vida por doquier. El pequeño sampán y la joven, se habían vuelto a tierra y acababan de desaparecer a lo lejos, en las malsanas verduras de la costa, y el misionero se quedó con nosotros — naturalmente — un poco taciturno; pero sin recriminarnos.
No se mostró muy expedito, el pobre hombre, durante el almuerzo, que compartimos con él. Se había convertido en annamita, de tal modo, que ninguna conversación con él parecía posible. Después del café, se animó únicamente, cuando aparecieron los cigarrillos, y nos pidió tabaco francés para llenar su pipa. Desde hacía veinte años, según nos dijo, no había podido saborear semejante placer. Después, disculpándose con la larga caminata que acababa de hacer, se amodorró sobre los almohadones.
¡Y pensar que, sin duda, íbamos a tener con nosotros, durante varios meses, hasta su repatriación, a aquel huésped imprevisto, que el cielo nos enviaba!... Sin entusiasmo alguno, lo confieso, uno de nosotros llegó, por fin, a decirle, de parte del comandante:
— Padre: se le prepara a usted un cuarto. No hay que decir que usted es uno de los nuestros, hasta el día en que podamos dejarlo en lugar seguro.
Pareció no comprenderlo.
— Pero... si yo aguardo la caída de la tarde, para pediros un botecito y llevarme de nuevo al fondo de la bahía. ¿Podréis hacerme llegar a tierra, al menos, antes de ser de noche? — replicó con inquietud.
— ¡A tierra!... ¿Y qué haría usted en tierra?...
— Pues volver a mi pueblo — dijo con sencillez verdaderamente sublime. — Bien comprenderéis que yo no puedo dormir aquí... ¡El ataque es para esta noche!

Engrandecíase a cada instante, este ser, de un aspecto tan vulgar, y comenzamos a rodearlo con curiosidad absorbente.
— Sin embargo, Padre, usted será el más expuesto de todos.
— ¡Es, en efecto, muy probable! — respondió tranquilo y admirable, como un mártir antiguo.
Diez de sus feligreses lo esperarían en la playa al ponerse el sol. Todos juntos regresarían por la noche al pueblo amenazado; y una vez allí ¡hiciérase la voluntad de Dios!

Y como se le instase para quedarse — pues aquello era correr a la muerte, a una muerte atroz, quizá, entre horribles tormentos chinescos, ya que volvían después de nuestra negativa de socorro — él se indignó dulcemente, obstinado, inquebrantable; pero sin grandes frases de cólera.
— Soy yo quien los ha convertido ¿y quiere usted que los abandone, cuando son perseguidos por su fe?... ¡Comprenda usted que son mis hijos!...

Con cierta emoción, el oficial de la guardia hizo preparar uno de los botes para conducirlo, y todos acudimos a estrecharle la mano al partir. Siempre tranquilo, nuevamente insignificante y mudo, nos entregó una carta para un viejo pariente de Lorena, tomó una pequeña provisión de tabaco francés, y se puso en camino.
Y mientras se extinguía el día, continuamos largo rato, en silencio, mirando cómo se alejaba, sobre el agua cálida y densa, la silueta de aquel apóstol, que sencillamente, se dirigía hacia su martirio obscuro.

Zarpamos a la siguiente semana para no sé dónde, y los acontecimientos, a partir de esta época, nos agitaron sin tregua. Nunca más oímos hablar del misionero, y, por mi parte, creo que jamás habría vuelto a pensar en él, si monseñor Morel, director de las misiones católicas, no me hubiese pedido un día, con insistencia, que escribiese una breve historia de misioneros.
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