viernes, 13 de mayo de 2016

HISTORIAS DE ABUELAS de Fabiana DUARTE

      Tomando un capuchino con su mejor amiga, Bárbara se quejaba del constante peregrinar por los boliches de capital para intentar conocer al amor de su vida. Buscaba un hombre para casarse. Tenía treinta y cinco años y una molesta sensación de urgencia comenzaba a inquietarla.
     
      Hasta los treinta años disfrutó de su juventud sin reparos. Había salido con varios chicos pero no quería nada serio. Ahora, las dos amigas charlaban de lo complicado que era conseguir un hombre con futuro. Se daban cuenta de que en ese transitar desprejuiciado, el mercado de la búsqueda de relaciones había cambiado. En lo que ellas llamaban: “la zona de pesca”.  Si antes había siete mujeres por cada hombre, ahora había ocho yeguas regaladas por cada metrosexual histérico. Habían testeado todo tipo de especímenes. Estaban los Dorados, ejemplares con cuerpos esculturales, siempre bronceados, y poco tema de conversación en común. Los Pejerreyes, hermosos bichos de río, por lo general bien dotados, sobrevivientes en la zona de pesca, pero con baja solvencia económica. El Lenguado, con una increíble facilidad para inventar historias, casi siempre estaban de novios o peor, casados. Las Anguilas, que ellas no podían precisar si iban o venían, también llamados heteroflexibles. Preferían excusarse de probar una experiencia con las anguilas, ya que habían escuchado historias aterradoras. Ahora también tenían la oportunidad de realizar una ciberpesca. Desde el celular podían monitorear la zona de mayor pique filtrando los candidatos por afinidad, incluso sin la necesidad de interactuar físicamente. Muy sencillo y práctico, como todo intercambio de información. Pero el verdadero romanticismo, el amor, parecían ser anécdotas de la época de sus abuelas.
     
       Habían buscado también en distintas zonas: en los gimnasios, haciendo footing, en grupos de whatsapp, facebook, amigos de los amigos, etcétera. Nada había funcionado. Haciendo autocrítica, las dos concluían que se estaban poniendo muy exigentes. Era como sortear una carrera de obstáculos, que intuían, iban a perder. La idea de terminar solas, las agobiaba.
     
      Esa tarde estaban reunidas porque, como pasaba últimamente, las malas noticias llegaban cuando menos se las esperaba. Claudia, la pelirroja del grupo de conocidas, se comprometió y se fue a vivir con su novio. Sólo quedaban ellas dos sin pareja. Claudia había conocido al futuro padre de sus hijos buscando departamento para alquilar. Eso les dio una nueva esperanza, había un mercado que no habían explorado. El de MercadoLibre.
      
        Con la tablet en mano, estaban decididas a encontrar un buen partido. No pensaban  comprar nada, pero era una buena herramienta de búsqueda de candidatos. Después de una hora revisando anuncios, se pusieron de acuerdo en que había que improvisar. Eligieron dos avisos raros, juntas hicieron las llamadas, luego de ofertar. En uno ofrecían Piedras de Sal Himalaya en bolsas de 5 Kg. El otro aviso decía poco, pero a su vez parecía atractivo: Antiguas Plumas: únicas, variedad de precios, modelos y colores a cincuenta pesos. Aunque el precio era irrisorio, la voz del hombre que les contestó tenía un acento extraño. Las piedras Sal del Himalaya, fueron fáciles de localizar, había que ir hasta un departamento de Palermo, la amiga de Bárbara iría el martes, luego de salir de la oficina. Las misteriosas plumas había que ir a buscarlas a Benavídez, Bárbara no sabía cómo llegar, pero se las arreglaría. Quedaron en contarse todos los detalles por teléfono.
        
       La amiga de Bárbara no solo se trajo los cinco kilos de piedras de Sal Himalaya, sino que también compró una lámpara para expandir las propiedades de las piedras. La atendió una mujer adorable, pero consiguió el celular de su hijo que fue quién las había cautivado por teléfono. No fue una mala inversión y tenía buenas probabilidades, ya que la mujer dijo, que su hijo estaba soltero, y era abogado.

       Bárbara viajaba en su auto hasta Benavídez, se había levantado a las nueve, para ser sábado era temprano. El gps la situaba a unas pocas cuadras de la estación del tren. Era una zona poco urbanizada, con calles de tierra y casas de fines de semana. Llegó a la dirección del anuncio. La propiedad se ubicaba en una esquina y estaba cercada por muros. En el portón, además de la numeración de la calle, lucía un cartel con la palabra: “Esperanza”. Bárbara, se preguntó si sería un nombre o una virtud lo que se anunciaba. Bajó del auto, miró a ambos lados de la cuadra, la casa más próxima estaba a cincuenta metros.
      
     Era un hermoso día, hacía un tiempo que no escuchaba el canto de los pájaros. Pasaron unos minutos, cuando se escucharon los herrajes del portón al abrirse. Abrió un hombre alto, atlético, de unos cincuenta años. Tenía los ojos azules, intensos. El pelo alborotado. Su mirada, la intimidó un poco. La observaba, en silencio. Luego de unos minutos de fascinación, ella volvió a la realidad y le dijo que venía por las plumas. La hizo pasar, caminaron hasta el chalet. Le mostró una pequeña colección de plumas estilográficas antiguas. Ella comenzó a reír, entre divertida y sorprendida. Había pensado que se trataba de plumas de aves. Él también sonrió, se le dibujó un hoyuelo en la mejilla que a ella le resultó adorable. Comenzaron a charlar sobre la confusión que la llevó hasta allí. Él le contó de su vida, lo que había viajado desde su Italia natal. Hasta que terminó aquí en la Argentina, no he podido irme, dijo.

      —A mí también, el destino me trajo hasta aquí. —Sonrió, Bárbara— yo venía buscando plumas de aves y…
  
     En ese momento, un niño pequeño ingresó al living. Un niño demasiado pequeño. Un niño enano. Tras él una mujer joven, de su misma condición. Era hermosa, a Bárbara, le impresionó ver sus manitos acotadas. Cuando ingresó detrás del niño, fue directo a saludar al hombre que estaba sentado en un sillón. Él la tomó de la cintura, le corrió el pelo de la cara, y la besó en los labios. La miró como nunca, nadie, había mirado a Bárbara.

      —Por fin llegaron —dijo él.

   Tomó al niño de la cintura, lo levantó en brazos y le hizo cosquillas. El niño reía encantado.

     Bárbara quedó mirándolos, como quien mira una película de estreno.

     —Le presento a mi mujer, Esperanza y a mi niño, Renzo ¿Ahora entiende, que es lo que me ha anclado a su país? —dijo, en un tono orgulloso. Con la mirada tierna, seguía al niño que corría por el living. Lo desbordaba una auténtica sonrisa.

     Sin comprar las plumas estilográficas, Bárbara se despidió de la familia, luego de negarse a la invitación de tomar un café. Subió a su auto. Le dio arranque. Pensaba en lo superficial que había sido todo en su vida. En que las historias de las abuelas, todavía existían en algunos lugares, como aquí, en Benavídez. Dio marcha atrás y se estancó en el barro de la banquina contraria. Se maldijo, resopló contrariada. Un hombre que pasaba en su bicicleta, paró y le pregunto:
       
       —¿Necesita un empujón?

        Sí, creo que sí.                                                                                                       

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