viernes, 25 de septiembre de 2015

LABIOS DE MUJER de Hernán SÁNCHEZ BARROS

Frenó detrás de un Fiat azul. Levantó la mirada hacia las luces del semáforo y esperó. Algo le vino a la mente—¿Desde cuando obedecemos las órdenes de una máquina? Eso me pasa por pensar en nada—se dijo. Entonces detuvo su atención en el retrovisor lateral del Fiat que tenía adelante y se quedó mirándolos. Labios. Solo los labios de una mujer enmarcados por la forma de aquel espejito que sobresalía de la puerta de un auto como tantos. Antes que el semáforo cambiara de color, o que la máquina le ordenara avanzar, a la de los labios primero y a él después, Esteban imaginó que alcanzaría a ver los ojos y la nariz de la mujer. Sabía a que tipo de rostro correspondían esos labios: suaves, discretos, definidos, jóvenes. ¿Lo sabía, o se estaba jactando de sí mismo? Miró otra vez; le parecieron hermosos. La deformación profesional no le impedía sentir un marcado atractivo hacia ese pedazo de mujer, literalmente hablando, que no terminaba de ampliársele. Del espejo desvió la mirada hacia el interior del coche tratando de definir la nuca de aquella mujer. Fue inútil. El apoya-cabeza impedía la visión. Revisó lo que pudo de aquel auto azul buscando indicios que revelaran la personalidad que correspondiese a esos labios, pero tampoco halló nada. Ningún sticker, ningún objeto en la luneta trasera, nada. Se deslizó hacia la derecha y volvió a mirar adentro del Fiat. Ahora podía ver el espejo retrovisor del interior, pero solo obtuvo la confusa imagen de unos anteojos negros y grandes que ocupaban todo el reflejo —Al mejor estilo de las del jetset—fantaseó. Aunque estaba seguro que no se trataba de alguien importante, es decir famoso. —Ellas no andan en Fiats azules—coligió, ahora más racional. Como lo único que tenía cierto eran aquellos labios del espejo lateral, empezó a imaginarse el resto del rostro con la metodología grafoscópica que empleaba para proyectar los rostros en sus investigaciones habituales. Ahora lo guiaba la experiencia más que la curiosidad. Las comisuras dejaban expresar un gesto de tranquilidad que seguramente se extendía por el mentón y las mejillas. El labio inferior parecía sostener el superior, señal inconfundible de un carácter decidido, o por lo menos firme. El labio superior, algo más tierno, suponía paciencia, reflexión o tranquilidad. Haciendo uso de una prodigiosa memoria, recordó por lo menos media docena de rostros con esas particularidades. Pero ahora dudaba de la edad, aunque por el color del rouge, no pasaba de 25 años. La piel se apreciaba intacta, si bien el maquillaje la cubría de manera engañosa, no permitiéndole saber exactamente de que color era su tez natural. De pronto, se formuló que debía ser de determinada manera, más por el juego que por el resultado de su somero análisis: 25 años, soltera, profesional, seria, muy seria. De un instante a otro los labios desaparecieron y una oreja con un pendiente de oro con forma de coma, ocupó su lugar en el retrovisor que observaba. Apenas se percibía el pelo recogido color castaño oscuro, fugándose brillante hacia arriba y por detrás de la oreja. Había calculado bien. La oreja no pasaba de los 25, pero el arete correspondía a una mujer de más edad. Era evidente que con él no buscaba llamar la atención, aunque la simplicidad de su forma realzaba la delicadeza del lóbulo y las curvas finas del pabellón. Volvió a deducir que se trataba de alguien inteligente, calculador. En ese momento tuvo una ocurrencia tan peculiar como absurda: ella lo estaba escuchando a través del espejo. Estaba escuchando su pensamiento. Si eso era cierto no perdía nada intentando hablarle en voz alta a través del retrovisor del Fiat azul. —Hola, estoy intentando saber como eres, pero lo único que puedo observar de vos...—De repente el semáforo cambió a verde y el Fiat se despegó del coche de Esteban. Los labios volvieron al pequeño espejo y se alejaron rápida e inexorablemente hacia un horizonte de vehículos que los incluían en un anonimato aun mayor. —No todo está perdido— pensó Esteban, y arrancó de un tirón su auto persiguiendo al Fiat como un sabueso. El teléfono sonó pero Esteban ni se inmutó. Tenía toda su atención puesta en aquel coche azul que se desplazaba a cincuenta metros delante de el, como si dentro suyo un mecanismo automático hubiera cambiado de función, pasando de la observación minuciosa a la persecución sistemática de un objetivo. Sus manos se aferraban al volante pero sus ojos estaban clavados en el Fiat azul: su mirada se habían convertido en una mira telescópica. Avanzaba cada vez más de prisa y asumiendo más riesgos. Por milímetros no se tocaba con los autos a los que rebasaba. Los conductores lo miraban con susto en la cara. Esteban estaba realmente transformado cuando abrió la guantera y extrajo la luz estroboscópica. La pasó de la mano derecha a la izquierda, luego la sacó por la ventanilla y el imán de la base se pegó enseguida al techo. Conectó el cable en el encendedor y la luz azul empezó a girar como un faro enloquecido. Antes que pudiera accionar el interruptor de la radio para pedir refuerzos, la dueña de los labios había efectuado por lo menos cinco disparos que Esteban no pudo evitar. Su Renault perdió velocidad y se fue a estrellar contra una camioneta estacionada. Esto es lo que vieron los testigos. Lo que Esteban vio fue distinto. Cuando “labios” asomó una 38 en dirección a él, frenó todo lo que pudo y torció el volante hacia la izquierda para evitar la trayectoria de los disparos. Las balas no lo tocaron; ni a él, ni al Renault, ni a nada; pero el encontronazo con la camioneta lo dejó fuera de combate.
En el Gregorio Marañón lo habían atendido como siempre. Ahora su salud estaba mejor. Le aplicaron un vendaje a la altura de las costillas y unos apósitos en la cara. El resto no era nada; el susto del impacto, solo eso. Al salir a la calle, encendió un cigarrillo. La tarde caía sobre Madrid. Tenía ganas de llegar a la casa, tomarse un café, encender la T.V. y no pensar. El Fiat azul llegó a su lado, despacio. Él abrió la puerta y ella lo miró seriamente.—Vamos a dejarnos de tonterías, Esteban. Eso no fue gracioso —Esteban sonrió y antes que el coche arrancara, se acercó a esos labios de mujer que le apasionaban y los besó. —Estoy bien Lulú—le dijo. —La próxima vez, tu me persigues a mí—. El Fiat azul se alejó por la calle de Máiquez hacia ODonnell, con los labios de ella reflejados en el retrovisor izquierdo y los de él, sonriendo, en el derecho. Antes de girar hacia el oeste buscando Alcalá, una mano de mujer salió por la ventanilla y dejó caer con displicencia un revolver 38. El arma reboto varias veces sobre el pavimento antes que las ruedas de un autobus la aplastaran, dejando salir por el cañón el último y agónico chorrito de agua que contenía.

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7 comentarios:

  1. Fascinante. Comencé con curiosidad, fui disfrutando la lectura hasta quedar atrapada. No imaginaba en lo absoluto el desenlace. Exquisito relato; para leer y releer. Un abrazo desde Argentina, Capital. Loretta Maio

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    1. Gracias Loretta! Trato que todos mis cuentos tengan algo que le permita al lector/ra, ver la realidad desde algún otro punto de vista. Eso me emociona; eso trato de ver en mi vida diaria y a partir de ahí indagar más profundamente, que es lo que en definitiva me permite escribir y disfrutarlo. Por si te interesa me pudieron un libro en Amazon, por ahora está en Kindle, pero ellos te dan gratis la aplicación para leerlo. Gracias otra vez.

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  2. El saber no ocupa lugar27 de septiembre de 2015, 0:08

    Muy bueno!

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    1. Muchas gracias por leer mi cuento. Suelo crear y recrear lugares y personas que a veces soy yo mismo, por eso la intensidad es parte de lo que escribo. Me es difícil estar ajeno a la historia, siempre me involucro y el resultado suele ser satisfactorio. Hay más de mis cuentos en Amazon si te interesan. De todas formas e posible que siga escribiendo en este magnífico blog ( si me lo permiten , claro) Muchas otra vez y que estés muy bien.

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  3. Muy bueno y emocionante!!!
    Cuando lei Lulú me dije igual a uno de mis apodos. :0)

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    1. Querida Lulú: "desde que me pasaste a buscar al Gregorio Marañón, no he podido encontrar la 38 de plástico ¿Tú no la habrás visto? es que sin ella tendremos que cambiar nuestro juegos..." está podría ser la continuidad de "Labios de mujer", quien sabe. Me alegro mucho que te gustara. Hay más cuentos en mi libro "Una Fender en el laberinto", está en Amazon en formato Kindle , por si te interesa. Aun no lo publico en papel; vamos a ver. Bueno, chau y te cuento entre mis lectores/as!

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