domingo, 2 de septiembre de 2012

EL AUTOMÓVIL de Silvina OCAMPO



Braman los automóviles: se están volviendo humanos, por no decir bestiales. Fui al autódromo donde corría Mirta. Desde que nació quiso participar en carreras de automóviles. Yo traté de disuadirla pero se enardecía más al verme en desacuerdo. Pretendía hacer conmigo la vuelta del mundo en automóvil, porque decía que en un automóvil uno lleva todo lo que uno quiere y tiene, incluido el mismo corazón. Me amaba, no sé si tanto como yo la amaba a ella aunque considerase ridículas casi todas sus ambiciones. Que una mujer pretendiera correr en las grandes carreras de automóviles y en primera categoría me parecía un síntoma de locur Siempre pensé que las mujeres no sabían manejar. Cualquier otra cosa podía esperar de ellas, por ejemplo que manejaran una máquina aspiradora, un tractor, un grabador, un avión, una calculadora, una plancha, una máquina de cortar pasto, una computadora; si alguna vez le comuniqué estos pensamientos, se sintió insultada, pero yo no cambiaba de parecer. Conseguimos después de nuestro casamiento un automóvil espléndido. A mi padre le sobraba el dinero y me lo regaló para que pudiera hacer un viaje de descanso. Yo trabajaba seriamente, en una casa editora que me exigía muchos sacrificios. Este automóvil fue un verdadero don del cielo, pues Mirta, que vivía descontenta con su suerte, empezó a gozar realmente de la vida.
Madrugaba ¿para qué? para subirse directamente al auto y abrazarse al volante;nunca estaba cansada como antes cuando se desmayaba por todo. Había embellecido notablemente. A mi juicio no necesitaba tanta belleza. Su pelo brillaba con furor, sus ojos revoloteaban como los de un niño, su agilidad parecía apta para cualquier prueba de trapecio o de baile acrobático, ganaba premios en concursos de natación y de zapateo. Tenía treinta años pero no los representaba; parecía tener sólo veinte y a veces quince. Algo, o mucho, me inquietaba en ella: su facilidad para enamorarse. Alguien que tuviera una linda voz, hasta por teléfono, alguien que tuviera unas preciosas manos, hasta con guantes, alguien muy atrevido o alguien muy tímido, que apenas conocía, alguien con los ojos casi violeta, hasta bizcos, bastaba para seducirla al máximo de la seducción. Nadie necesitaba violarla, ella misma era capaz de violarse para dar placer a alguien.
Había que poner fin a ese estado de cosas, de otro modo me exponía a matarla en el paroxismo de mis celos. Resolví que nos iríamos de viaje. ¿De dónde sacaría yo tanto dinero?. Tengo dinero, ¿por qué voy a ocultarlo?, pero a veces los que tienen más dinero no saben emplear ese caudal de un modo razonable y se vuelven más pobres que los pobres. Vendí todo lo que tenía; le pedí dinero a mi madre, prometiendo pagar la deuda con mercaderías extranjeras que podría ella vender en su boutique. Conseguí todo porque mi alma en llamas es capaz de cualquier cosa para conseguir algo que me salve de una vida que no soporto.
Conseguí hasta parecer pobre, ya que nada me bastaba.
Zarpamos de Buenos Aires una mañana preciosa de otoño, en un barco que nos llevaba con nuestro automóvil, nuestro amor y nuestra alegría. Rompíamos las amarras: todo lo que era tedio o sufrimiento quedaba en el puerto, entre las personas que agitaban sus pañuelos, algunas con lágrimas, porque éramos queridos por amigos y amantes.
La travesía fue tan feliz que se disolvió en nuestro recuerdo como un merengue en la boca. Pero la llegada al puerto final de la travesía fue el comienzo de nuestros inconvenientes. Retirar el automóvil, primero de la bodega y después de la aduana, resultó molesto. No lo habíamos previsto. Cuántos trámites tuvimos que hacer antes de recuperarlo: aparentemente los papeles no estaban en regla. Mirta no dormía ni reía; se sentía culpable, como si hubiera robado el auto. Después de muchas discusiones en que no entendíamos las malas palabras que nos propinaban, todo se aclaró: los papeles estaban en orden. Cuando Mirta se vio frente al automóvil en tierra firme, casi desnuda se abrazó a la máquina. Es difícil abrazar a un automóvil, pero ella supo hacerlo.
Espero que a ningún hombre se haya abrazado de esa forma. Con violencia la arranqué del capot. "¿Qué significan estas escenas?", le grité, al verla en posturas tan provocativas. "Si te violan después, no te quejes." Un fotógrafo que pasaba por azar la fotografió. Era un periodista, sin duda. Este fue mi primer encono contra Mirta. La zamarreé y la obligué a seguirme. Se puso a llorar. Nos reconciliamos, pero no fue por mucho tiempo. Yo añoraba la vida del barco, donde las horas transcurrían inadvertidas. Mirta quería llegar pronto a París, para anotarse en una carrera de automóviles. Le dije que sus pretensiones eran inauditas, que manejaba mal, que ni a una niña de diez años se le ocurría semejante locura. Ya me había fastidiado bastante con sus incipientes carreras en la provincia de Buenos Aires, como la única mujer "Reina del volante" que salía fotografiada de improviso en todas las revistas. Insistí en no ir directamente a París, en aprovechar el viaje, aunque sólo fuera por veinte días, para conocer las ciudades, la arquitectura, la pintura, la escultura, las iglesias, los jardines, el paisaje de esa región de Francia. Mis argumentos eran serios: estando en la misma tierra donde surgieron, sería una vergüenza no conocer las obras de arte y los edificios más celebres que podían admirarse en las tarjetas postales y en las guías turísticas. Mirta accedió; declaró que de paso, en el trayecto, practicaría mejor el manejo del automóvil, que tanto le criticaba.
Hicimos un viaje maravilloso; yo dormía todo el tiempo, hasta que un día, cansado de tantas cosas interesantes, me encerré en el hotel y ella se fue sola.
Sufrí como un animal herido, creyendo que nunca volvería, pues apasionada como era, podía cometer cualquier locura. Volvió tardísimo, sin disculparse. Me dijo que encontró a un francés maravilloso, periodista sin duda, que en cinco días le enseñaría a hablar francés correctamente, por lo que pensó que deberíamos quedamos en ese hotel tan lujoso y de nombre tan sencillo: se llamaba La Liebre
Feliz. Me mostró el cuaderno con las anotaciones que el francés le puso, convenciéndola de que era más fácil la lengua francesa que la española, tan llena de chistidos. Sin duda creyó que era española. En el cuaderno figuraban las palabras más fáciles de recordar en francés que en español: Cheri era "querido", bleu era "azul", rue era "calle", chien era "perro”, baile era "pelota", auto era "automóvil”, seul era "solo", ciel era "cielo". No se podía negar que las palabras francesas eran más simples. Se guardaba bien de decirle que soleil correspondía a “sol", y arbre a "árbol", y bleu—ciel a "celeste". Durante cinco días Mirta tomó lecciones con el francés, que era un insolente. Cuando nos traían café, bebía todo el contenido de la cafetera y peinó con mi peine su pelo grasiento. Usaba un mechón de pelo sobre el ojo derecho y sacudía la cabeza, no para quitárselo sino para colocárselo, como hacen las mujeres. Le pregunté un día qué malas palabras hay en francés, las que se usan ahora, porque las palabras van con la moda.
Espéce de con –dijo.
—¿Qué otra?.
—Merde, tonnerre de Dieu.
—¿Por qué la palabra que designa el sexo es una mala palabra?.
—No sé. Averígüelo por otro lado. No soy un diccionario.
En realidad no me interesaban esas nimiedades del idioma, pero no sabía de qué hablarle cuando nos encontrábamos uno frente a otro, mientras Mirta se encerraba en el cuarto de baño para lavarse el pelo.
Pasamos unos días, si no hubiera sido por el francés, agradables. Nunca vi árboles tan lindos ni playas tan acogedoras. Extrañaba el cielo de Buenos Aires, el canto de los pájaros insolentes que tenemos en la lánguida luz de las tardes en que todo se desmaya, hasta el aire, hasta las brisas, hasta el canto de algunos pájaros desvelados, hasta el corazón que los escucha. Mirta insistía en la necesidad de aprender el francés correctamente. En los restaurantes trataba de hablar en francés con el mozo, que parecía un actor de cinematógrafo. Un  papagayo en la entrada del hotel era un pretexto para contribuir a la relación que había entre el joven profesor de francés y el mozo, que andaba siempre con un escarbadientes en la boca, de diente en diente.
¿Estábamos en París o soñábamos?. El corazón de Mirta latía con esa rumor salvaje que se oye en las carreras de automóviles, de noche. No podía dormirme; tenía que mirarla para asegurarme de que no era un automóvil ni un violín, ni un cambio de velocidades, que era un ser humano el que dormía a mi lado, que era un ser humano el que me abrazaba. La abandoné a sus sueños una noche en que el latido de su corazón movía la cama con demasiado ardor.
Aquella noche me confesó que se había inscrito en una carrera, no muy importante, pero carrera al fin. Resolví verla por televisión y no acudir al autódromo. Mirta se vistió aquel día con un traje muy elegante. Ella, que rara vez se ocupaba de elegir ropa adecuada para las circunstancias, ese día se preocupó. Para que la divisara mejor, eligió un tono de color rojizo para el suéter y un pañuelo azul marino para el cuello. Vi la carrera en el televisor del hotel. Me apenó mucho que no ganara, pero me consolé: los desencantos tal vez enfriaran su pasión por las carreras y podríamos llevar una vida normal, sin sobresaltos.
Nada es tan horrible como una pasión no compartida cuando se ama realmente a alguien. Sentía que mi vida se desgastaba oyéndola hablar de automóviles, sin poder compartir ni reconocer las marcas, ni sus potencias ni sus perfecciones. La mujer de un cuadro de Ingres me hubiera satisfecho más que esos autos que extasiaban a Mirta.
Una noche volvió del cine, después de las once. No me dijo qué fue a ver ni con quién, pero sospecho que el francés había llegado. No le reproche su conducta. Nunca me había ignorado hasta tal punto. Creo que le dolió no ser aplaudida por sus proezas, aunque no lo fuera simplemente por haberse inscrito en una carrera sin mi consentimiento o mi cariñosa atención.
Por la noche sentí latir su corazón de automóvil a mi lado y sus ojos debajo de los párpados, cerrados, que se movían como si vieran algo, algo movedizo, huidizo. Me levanté y me acosté en el suelo para poder dormir; dicen que es bueno para la columna vertebral, pero ni se me ocurrió pensar en la columna.
Ella no advirtió mi inquietud ni mi ausencia de la cama. Semidormida, parecía más dormida que totalmente dormida. No fue sino después del alba cuando pude recobrar mi lugar en la cama.
Vivir es difícil para cualquiera que ama demasiado. No podía alejarme de Mirta sin morir, ni acercarme, sin también morir. Elegí alejarme. Un día salí temprano, para ver museos, palacios y jardines, las orillas del Sena, las catedrales, las más diminutas iglesias; cuando volví a la noche, como después de un largo viaje, Mirta no estaba en el hotel. Salí de nuevo. En vano la busqué por todas partes. Al volver a la madrugada, me pareció que oía su respiración. Era un automóvil, con el motor en marcha, estacionado frente a la puerta del hotel.
Me acerqué: en el interior no había nadie. Lo toque, sentí vibrar sus vidrios. Tan enloquecido estaba que me pregunté si sería Mirta. Entré en el hotel. En la conserjería no había ningún mensaje para mí. El portero no sabía quién había dejado ese automóvil. De pronto pasó algo inexplicable. Suavemente el automóvil empezó a alejarse. Traté de alcanzarlo, pero no pude.
Desde ese día, busco el automóvil por la ciudad. Más de una vez lo vi, me puse en su camino, sin lograr nunca descubrir quién lo manejaba, ni morir bajo sus ruedas. Vivo en París, porque sólo en París puedo alcanzar mi esperanza, cumplir mi deseo.
Hay gente que me aplaude. "Qué lindo vivir aquí." Otra gente se pregunta:
"¿Por qué diablos se fue a vivir a París?".

Anoche, después de salir en busca del automóvil, que no encontré, escribí una carta a Mirta, que le dejaré en la conserjería del hotel. Acá viviré mientras tenga plata para seguir gastando. Cuando se acabe, buscaré trabajo.
Querida Mirta,
A qué me servirá vivir si no estás a mi lado. Amar en exceso destruye lo que amamos: a vos te destruyó el automóvil. Vos me destruiste (no lo digo con ironía). En esta ciudad te busco porque te has transformado en esa horrible máquina que encerraba tu corazón acelerado, cuando dormíamos juntos. Ahora te busco sin cesar, pero tu velocidad no me permite arrojarme bajo tus ruedas.
Además, nunca sé por dónde pasarás. Tal vez podría acostarme en medio de las calles por donde pienso que pasarás. Eran tantas las calles que te gustaban que no puedo saber cuál vas a elegir. No comprendo cómo llegué a tan absoluta renuncia de mí mismo: ya no tomo en cuenta lo que puedas sentir por mí. Soy un verdadero fantasma: el mundo que me rodea es un recuerdo, sólo un recuerdo. Lo actual no me importa. Débilmente vuelven a mí versos que me gustaron y que retuve en la memoria, fortalecida por la nostalgia; versos que fluyen como ríos, rodeando imágenes de árboles genealógicos o reales, árboles del mundo entero que no olvido: "Es lo que llaman en el mundo ausencia, fuego en el alma y en la vida infierno".
Lo demás no existe, las ganancias, los precios de las cosas, la vida en la ciudad, los libros, las cuentas, las estafas, las guerras, las revoluciones, el prestigio, el deshonor, el sexo, la codicia, el terror: nada importa, podés estar segura, cuando el dolor ha carcomido los huesos y la sangre que la vida reanima por un instante frente al automóvil que te lleva.




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