sábado, 3 de septiembre de 2011

EL SECUESTRADOR de Beatriz Guido



Los domingos jugaban a escondidas en el depósito de ataúdes. El sótano de la funeraria San Telmo abarcaba la dimensión de toda la casa, era un recinto silencioso cuyas banderolas abrían a la vereda sumergida de la calle Tacuarí. Allí también el vino, los frascos de dulce y las frutas secas.
Se les había prohibido bajar al sótano, pero todos estaban demasiados ocupados con la empresa fúnebre como para vigilarlos; habían ampliado el ramo con coches para casamiento y con ómnibus descubiertos, que recorrían la ciudad de norte a sur.
Diego solía esconderse en los ataúdes blancos, porque se ajustaban a su tamaño. Esa tarde los hermanos mayores, cansados de jugar a las escondidas, se dedicaron a vaciar los tarros de dulce y no se dieron cuenta de que Diego se había quedado dormido, quizá por los vahos de humedad del sótano y el fuerte olor a vino estacionado, dentro de un ataúd color marfil pálido. Ni tampoco escucharon que alguien entrara en el sótano y se llevara la pequeña caja con Diego adentro.
Cuando Diego abrió los ojos se encontró con dos hombres que lo miraban sorprendidos.
_ Y vos... ¿qué hacés acá? ¿De donde saliste?
_ Pero si es el hijo del patrón, el menor; estaría jugando a las escondidas –dijeron los hombres que lo habían traído.
Se incorporó en el cajón, y lo primero que vió fue un niño dormido en una cama y un hombre y una mujer arrodillados a su lado.
Después se le acercaron otros dos niños –algo mayores y muy parecidos al que dormía- y lo observaron en silencio un largo rato.
Los hombres lo tomaron en sus brazos y lo depositaron en el suelo.
_ Esperá aquí; no te movás – le dijeron- tenemos mucho que hacer. Hay que avisar a su casa; te estarán buscando...
Diego vió como alzaban al niño que dormía en la cama y lo colocaron en el lugar donde él había estado.
La mujer entre sollozos, besaba al niño dormido. Los mayores, los que estaban despiertos, se acercaron al padre y le preguntaron, señalándolo:
_ ¿Y ese? ¿quién es? ¿de donde vino? ¿qué hace aquí?
Y el padre con voz muy débil, respondió:
_ Es un amigo de tu hermano; ha venido a buscarlo.
_ Nosotros no lo conocíamos. ¿Adónde lo lleva?
_ A una ciudad muy hermosa..., con parques .... y una calesita.
Y no pudo continuar.
_ ¿Lejos?
_Si, muy lejos...
Después los hombres tomaron el cajón por ambos lados y preguntaron:
_¿Donde lo van a velar?
El padre indicó la dirección, ayudó a los hombres a levantar el ataúd y salieron del cuarto junto con la mujer.
_¿Porqué no te vas con él? –preguntó uno de los hermanos.
_Iré después; me dijeron que no me moviera de aquí –respondió inocentemente Diego.
_¿Porqué no van ustedes con él?
_A nosotros no nos dejan ir...
Entró en el cuarto una muchacha, abrazó a los dos niños y dijo:
_Ustedes se vienen a casa, a jugar con los primos.
Los chicos se volvieron hacia Diego:
_ ¿Por qué lo dejás solo...? No ves que se van...
Entró un hombre de la empresa, tomó a Diego de la mano y se lo llevó con él.
Los niños explicaron a la joven que Diego había venido a llevarse al hermano a otra ciudad, mucho mas hermosa que Buenos Aires.
No comprendieron porqué lloraba tanto la mujer.
Diego llegó a su casa y los hermanos le dijeron:
_Por tu culpa ha puesto llave papá al sótano; ya no jugaremos más a las escondidas...
Diego seguía absorto.
Esa siesta de otoño... El itinerario de una hormiga que hacía equilibrio en el cordón de la vereda... De pronto vió cuatro piernas, calzadas con medias tres cuartos y zapatos de charol, que pisaban a las hormigas.
_ ¿qué hacés vos acá, solo?
_¿Por qué no estás con él? ¿Adonde lo llevaste?
Diego levantó el rostro y vió el rostro y la mirada desesperada de los hermanos de aquél niño, que días antes habían llevado dormido en un ataúd del sótano.
_¿Dónde está? Tenés que saberlo. Se fue con vos una noche. ¿A que ciudad?...
Diego sin contestar echó a correr.
Los chicos se miraron en silencio.
_¿Lo habrán secuestrado?
_Se fue con él; vos lo viste. ¿Te acordás lo que dijo papá?
_¿a dónde lo habrán llevado?¿Por qué no está con él?
Otro día lo esperaron a la salida de la escuela. Sin acercarse, lo siguieron hasta su casa. Diego no podía explicar a sus hermanos que esos dos chicos que lo seguían solapadamente, y le hacían señales extrañas para que se uniera a ellos, y lo amenazaban con los puños cerrados, eran testigos de algo que había motivado la clausura del sótano.
Una tarde a la salida de la matinée del Solís, lo interpelaron:
­_¿Dónde? ¿Dónde está?¿No te fuiste con él?¿Dónde lo llevaron?¿A que ciudad?
_Yo me volví a casa con los hombres. No lo he vuelto a ver. Lo juro –contestó tristemente, sin atreverse a decirles que había comenzado a sospechar que aquel niño estaba muerto.
Una tarde, Diego regresa a su casa por la calle Balcarce, deslizándose por la pared para evitar la lluvia. De pronto sintió que lo tomaban de cada brazo.
_No grités, o te torcemos el brazo.
Eran nuevamente ellos dos.
_Vení, vamos al parque: que queremos hablar tranquilo, no tengas miedo.
Subieron las escaleras de lajas y de musgo.
El viento y la lluvia les impedía caminar más rápido. Cuando estuvieron bajo una pérgola, uno de ellos dijo:
_Ahora nos vas a decir la verdad. ¿A dónde lo llevaron esa noche? ¿Porqué viniste dentro del cajón? ¿Está escondido dentro de tu casa? ¿Cuál es el nombre de la ciudad?.
_Yo volví con los hombres, con Juan –respondió temblando de miedo- Él estaba muerto.
_Si no hablás te denunciamos a la Policía. ¿Qué decís, que estaba muerto?
_Lo llevaron a enterrar. Estaba muerto... muerto.
_Mentira, mentira. Te lo llevaste vos, para eso viniste en el cajón; no te hagás el zonzo.
_No, no, estaba muerto. Yo lo vi, después, estaba muerto.
Comenzaron a golpearlo contra el suelo. El Parque Lezama, a las cuatro de esa tarde de otoño, estaba en sombras, solitario y lluvioso.
_ Nos lo vas a decir ahora mismo...
Siguieron zamarreándolo hasta rodar los tres por el suelo. Los chicos, enardecidos, seguían golpeando la cabeza de Diego contra la baranda de lanzas de la pérgola.
_¿Dónde lo llevaste? ¿Dónde está?
_Sí, estaba muerto, muerto –gritaba Diego, y su mirada espantada se detuvo un instante en las cúpulas celestes y doradas de la iglesia ortodoxa de la calle Brasil.
_Mentira, vos lo tenés, vos lo tenés, vos te lo llevaste esa noche.
Pero Diego ya no podía contestar.
Ellos, sin darse cuenta, seguían golpeando su cabeza, ahora contra el mármol.
_Se ha desmayado –dijo uno de ellos.
Oyeron acercarse unos pasos entre las hojas secas.
_Viene alguien.
Entonces echaron a correr por el otro lado del parque.
_¿Y si buscamos mañana en la casa?. A lo mejor lo tienen escondido. ¿Por qué no empezamos por allí?
Al día siguiente, cuando merodeaban por la casa de Diego, vieron salir de la puerta principal un extraño cortejo: cureñas sin flores y una larga fila de vacíos coches fúnebres, ómnibus descubiertos sin pasajeros, seguían a un pequeño carruaje con una D dorada sobre el paño negro, conducidos por dos caballos blancos.
Instintivamente, se escondieron.
_Ese si está muerto, bien muerto –pensaron.

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